martes, 26 de abril de 2016

Zafiros como el cielo

No era una bonita mañana de primavera. El cielo estaba oscurecido por unas nubes grises y tristes, y las margaritas se habían refugiado en su capullo, añorando la luz del sol que no se dignaba a aparecer.
                Y la mansión también estaba gris. Un manto de tristeza acorde con el tiempo se paseaba por los pasillos del enorme edificio, aunque no hubiera pasado nada que lo provocase. Simplemente, seguían el transcurso del tiempo que hacía fuera, transportándolo de puertas para adentro.
                Hyoga se encontraba en el salón, con la televisión encendida, pasando de canal en canal sin dejar ninguno por más de cinco segundos, el tiempo que tardaba en mirar por la ventana y suspirar al ver que las nubes no se marchaban de una vez. La mano que quedaba libre sostenía su barbilla, proporcionándole a su rostro una extraña mueca de aburrimiento.
                Entonces fue cuando escuchó los pasos tranquilos de alguien que se aproximaba, y no tuvo que girarse para percibir el aura pura de Shun, que entraba en el salón consultando minuciosamente una libreta. Al ver al rubio, el menor se sobresaltó e intentó irse de la instancia, pero Hyoga le saludó y no pudo burlarle.
                —Hola Shun. Soy yo ¿o el tiempo es peor que una pelea contra cien caballeros dorados? —Le preguntó, componiendo una sonrisa sarcástica y notando el nerviosismo en los gestos de Shun.
                —No, no, yo también lo creo.
                El joven se aproximó a uno de los sillones, evitando el contacto visual con Hyoga y se sentó, revisando de nuevo su libreta y sacando un pequeño lápiz afilado de uno de sus bolsillos.
                —¿Qué escribes? —Hyoga continuaba pasando los canales de la televisión sin mucho interés.
                —Nada… importante —contestó él, enrojeciéndose.
                —Dímelo entonces. —Sonrió.
                —¡No! Es solo para mí.
                —Está bien, está bien. Quería romper la rutina —dijo alzando las manos y mirando al techo, como pidiéndole clemencia a cualquier dios que pudiera estar escuchándole.
                —Siempre puedes… no sé, leer.
                —Me gustaría leer lo que escribes.
                —Leer otra cosa que no sea mi libreta. —Suspiró, con la certeza de que Hyoga no le dejaría en paz una vez vista la dichosa libreta.
                —Está bien, está bien —repitió—. Seguiré cambiando de canal hasta que me los aprenda de memoria.
                Y la mañana continuó, fría y pálida como el corazón de Shun, que no tardó en retirarse a su habitación poco después con la excusa de que iba a darse una ducha. Pero lo cierto era que nada le hubiera gustado más que enseñarle a Hyoga lo que estaba escribiendo en su libreta, echarse a sus brazos y susurrarle al oído todo lo que ansiaba decirle desde hacía tanto tiempo. Pero nunca había lugar para pensar en todo aquello salvo ahora. Y no era capaz de dejar de pensarlo, de escribirlo, de recitarlo en voz baja cuando se encontraba a solas o después de hablar con él. Porque era él todo lo que quería: su cabello rubio, sus ojos azules como zafiros, sus labios, seguramente fríos, su sonrisa sarcástica, los latidos de su corazón, sus momentos tristes y sus momentos de alegría.
                Se echó sobre la cama, permitiendo que unas cuantas lágrimas resbalasen por sus mejillas hasta caer en la almohada, que tantas muchas había recogido. Abrazó la libreta con fuerza y la abrió, leyendo una a una las palabras que le había dedicado, pero no tuvo el valor de terminar de leer, pues su rostro no era capaz de aguantar tanto enrojecimiento debido a su propia estupidez.
                Y no supo que alguien más tenía un plan, tenazmente elaborado. Alguien que se escondía tras la puerta en esos instantes y llamaba con calma a la madera, llamando a Shun desde el otro lado con su voz tranquila pero impaciente.
                —¿Sí? —Contestó Shun, escondiendo la libreta bajo la almohada y secándose las lágrimas.
                Fue Shiryu quien abrió la puerta de la habitación y cerró tras de sí con una sonrisa.
                —He venido a pedirte un favor —le dijo, poniendo su mejor expresión de desesperación.
                —¿De qué se trata?
                —Verás… es que he quedado con periodista para una pequeña entrevista sobre nuestras hazañas, en un periódico local no muy conocido. Ya sabes, quieren ganar algo de fama, pero es que me estoy encontrando muy mal… —Consiguió, no sin esfuerzo, reducir su cosmos, fingiéndose enfermo—. No será mucho rato, pero ese pobre hombre no se puede quedar sin entrevista porque le echarían del trabajo. Ya sabes, jefes… —Hizo una mueca de repulsión.
                —¿Quieres que vaya yo por ti? —Shiryu asintió—. Pero, yo… si la entrevista la pactaste tú…
                —Sí, sí, pero realmente no importa quién de nosotros vaya. De todas formas ellos quieren saber cosas sobre Seiya y Atenea, ya sabes, los cotilleos… Mira, te doy la dirección. —Sacó del bolsillo una tarjeta doblada y se la tendió.
                —¡Pero esto está lejísimos! —Exclamó, mirándole con pena a los ojos.
                —¡Tampoco tanto! —Fingió toser en ese mismo instante y se dio la vuelta para contener la risa, haciendo como que recuperaba el aliento.
                —Vale, vale, iré. De todas formas, no tengo nada más que hacer. ¿A qué hora es?
                —A las doce. Te invitarán a comer con ellos.
                —Pues tendré que prepararme ya, ¡porque ya queda muy poco!
                —Sí, sí, será mejor que te des prisa. Lo siento mucho Shun, de verdad, pero es que ha sido así de repente…
                —No te preocupes, les informaré de ello y les pediré disculpas.
                —Muchas gracias, tú sí que eres un buen amigo.
                Poco después, Shun salió de su habitación con las cosas necesarias para darse una ducha, y Shiryu aprovechó para colarse en su cuarto y buscar dónde tenía escondida la libreta. No le costó mucho tiempo encontrarla bajo la almohada, y se sintió muy culpable cuando la abrió y leyó lo que había escrito, pero recordó que era por una buena causa. Entonces, arrancó con cuidado las algunas de las páginas que más le habían gustado y guardó de nuevo el cuaderno.
                                                                                              ***
Hyoga apagó la televisión, por fin, después de decidir que no iban a echar nada interesante ni dentro de cinco horas. Escuchó la puerta de la mansión cerrándose y la voz de Shun despidiéndose, y el corazón le dio un vuelvo al oír su voz, como si hiciera mucho tiempo que no lo hacía. Se estremeció, pensando en los ojos verdes del joven caballero y en su sonrisa cálida como los rayos de sol que se ocultaban tras las feas nubes de fuera.
                Se levantó del sofá y fue hasta la cocina para comer algo, pues el aburrimiento le había abierto el apetito. Shiryu estaba desayunando en la mesa un bol con cereales, escuchando la radio distraídamente.
                —Buenos días —le saludó el moreno.
                —Hola Shiryu. ¿A dónde iba Shun tan apresurado?
                —Una entrevista. Ya sabes, marujeos. —Se encogió de hombros y continuó comiendo, ignorando, en apariencia, la presencia de Hyoga.
                El rubio buscó su caja de galletas de chocolate que había comprado el día anterior y metió la mano para sacar una o dos, topándose, para su sorpresa, con un pedazo de papel que sacó con dos dedos del envase. Desdobló la hoja y se sorprendió al ver que lo que había escrito en ella era nada más y nada menos que un poema.
Soy prisionero del hielo
emanado de tus ojos.
Tan solo quiero una estrella,
perdida,
que habite en ellos.
Y poder decirte al oído
todo lo que yo te deseo
en todos los malditos sentidos.
                Releyó el poema varias veces y miró a Shiryu, inquisitivo, pero éste continuaba desayunando atrapado por sus propios pensamientos y ajeno a lo que acababa de pasar. Y lo volvió a leer. Y otra vez, asegurándose de que no era un sueño. Pero el papel estaba ahí, en sus manos, y las palabras, pulcramente escritas sobre él, hablando, según creyó, de él. Pues nunca se habían referido a nadie más de la mansión como alguien que emanase hielo de sus ojos.
                Dobló de nuevo el poema, con el corazón latiéndole a ritmos acelerados, cogió las dos galletas y salió de la cocina, dirigiéndose a la ducha para intentar calmar su nerviosismo. Se llevó una toalla para el cabello y otra para el cuerpo, además del champú y del gel, y se metió en el baño. Se miró en el espejo mientras se quitaba la ropa y fue a abrir la llave del agua cuando encontró en el fondo de la bañera otro papel doblado y lo cogió con cuidado. Lo abrió, cerrando los ojos y dando un suspiro alterado, y comenzó a leer para sí:
Tristes zafiros como el cielo
Labios cerrados
que piden cien besos.
Corrompidas manos
que acarician
en mis deseos
la piel pálida de mi espalda.
Años desplazados
por el paso de los tiempos.
Heridas que cicatrizan
y heridas que no se olvidan.
Quiera mi diosa un día
tus manos con las mías.
                Su corazón no fue lo único que explotó al leer aquellas palabras. Tenía las mejillas tan encendidas que el agua que salió a continuación de la ducha podría haber salido perfectamente de los glaciares más antiguos de Siberia. Y aun así, no consiguieron calmar su ardor. Pues había alguien en aquella mansión, conviviendo con él, que escribía poemas que él soñaba que fueran para él. Si no… ¿por qué dejarlas a su alcance? ¿Por qué querer que alguien leyese unos poemas que no estén dedicados a él? Aunque podría haber sido un error que los hubiera encontrado, pensó, pero todo encajaba demasiado bien con su propia descripción. O eso, o su ego aumentaba con cada paso que daba, o el aburrimiento no le dejaba ver más allá de dicha cortina de ego.
                Salió de la ducha, ya más calmado, llevándose a su habitación el segundo poema y guardándolo en un cajón junto con el anterior, rezando para que hubieran sido escritos para él y no para alguien que los estuviese buscando en esos momentos. Y se echó sobre la cama a reflexionar en ello. Y al fijarse en la lámpara de noche que había en su mesita, descubrió otro papel cuidadosamente doblado, y su corazón volvió a emprender la increíble marcha de los latidos locos.
No sé escribirte poesía
pero sé amarte y no ser amado.
                Pero ¿cómo no voy a amar a alguien que me escribe estos poemas tan preciosos? Pensó, con los labios entreabiertos y los ojos azules brillando de emoción y nerviosismo. Aquel estaba en su habitación, y eso solo podía significar que eran para él de verdad.
                Quiso dormirse y desaparecer, porque todo aquello era demasiado bonito para estar ocurriendo. Pero algo le decía que no debía huir de ello, sino salir de la habitación y continuar buscando hasta el último poema, como si no importase nada más en el mundo que encontrarlos todos.
                Y así hizo, y no tardó en coger el siguiente. Éste había sido cuidadosamente posado entre las ramas de una pequeña planta en una maceta del pasillo, y la había descubierto por casualidad. Abrió el papel, vislumbrando en su mente, sin saber por qué, pero con una grata alegría, el rostro de Shun y las manos del menor entregándole todos aquellos poemas acompañados por una sonrisa tímida.
Son dos corazones separados
y dos miradas perdidas.
La mía te dice te quiero
y la tuya tan solo es esquiva.
                Se llevó una mano al pecho, dolido por las palabras que le dedicaban, deseando con todas sus fuerzas que quien las hubiera escrito fuera Shun, pues no quería a nadie en el mundo tanto como a él, y realmente no sabía cuál había sido el momento en el que se había percatado de ello. Puede, incluso, que fuese en aquella misma mañana.
                Guardó el poema en el bolsillo, con el corazón queriendo escaparse de su propio cuerpo, y bajó las escaleras de vuelta al salón, donde se encontró, ya sin sorpresa, con un nuevo papel que le pedía a gritos desde el sofá que lo leyese.
Unión de cadenas
que no atan
pero perduran.
                                                                                              ***
Shun entró en la mansión empapado, pues había comenzado a llover casi al instante en que le comunicaron que no había programada ningún tipo de entrevista con ningún caballero de bronce, pero que igualmente le agradecían su presencia, pues era un honor contar con la amabilidad de las gentes tan nobles.
                Sin embargo, Shun estaba bastante enfadado. Shiryu le había mentido y le había hecho mojarse para nada. Ahora lo que escribirían en aquel periódico sería sobre un despistado caballero de bronce que se cree el centro de todas las miradas. Y pensó, con el puño apretado, que sería la última vez que le haría caso a ciegas a Shiryu. Y lo peor de todo era que no era capaz de enfadarse de verdad. A fin de cuentas, era su amigo. Un amigo extremadamente preciado para él. Quizás, en el fondo, solo quisiese gastarle una pequeña broma…
                Sintió que la presión del abrazo más cálido que hubiera recibido nunca se apoderaba de todo su cuerpo, y el aroma más dulce le inundó los pulmones por mucho tiempo después de lo que duró el abrazo.
                Se encontró con los ojos como zafiros de Hyoga y sus labios rojos y fríos entreabiertos en una mueca que intentaba ser una sonrisa.
                —Te quiero, Shun —le dijo el rubio, y el corazón del menor se desorbitó, y sus manos temblaron el mar agitado, y su boca quiso decir algo pero no le salieron las palabras.
                Hyoga, sin romper el contacto de sus manos, le enseñó los poemas y le besó tan dulcemente en los labios que ambos pensaron que se derretirían. Y el cielo tras los ojos cerrados pareció despejarse por completo y dejar paso a los cálidos rayos del sol filtrándose por los cristales de las ventanas.
             Y todas las paredes que les rodeaban mientras duraba el beso y el abrazo, se estremecieron ante la felicidad en una bonita tarde de primavera.

domingo, 24 de abril de 2016

El centro del universo

Existe un lugar conocido como El centro del universo.
          Ahí. Ahí es donde descansa el ego de todos los seres humanos.

jueves, 21 de abril de 2016

Las manos de mi síndrome

Tus manos me recorrieron una vez más, sucias por el paso de las noches en las que venías a acariciarme. Cautelosas al principio, devastadoras al final. Y estaba tan atrapado como la luz de las estrellas en un vaso de cristal.
                No podía deshacerme de tus besos impuros, de tus embestidas crueles y de tus golpizas constantes. Y me mordías como nunca habías mordido cualquier comida, como si yo fuese lo único que pudieras saborear. Y tu cabello rubio, tan suave como la seda, se paseaba por mi cuello cada vez que me rodeabas y me hacías estremecer.
                Aguardaba allí abajo, sin luz, con la esperanza de que algún día volvería a ver el amanecer, pero nunca se abrían las ventanas. Y cuando bajabas por las escaleras para sacarme de la cama, que era mi único refugio al quedar en penumbra, la poca claridad que llegaba desde fuera me dejaba ciego, y solo podía recuperar el sentido cuando me agarrabas del brazo para hacerme tuyo, una vez más.
                E iban pasando los días pero todo continuaba igual. Subía y bajaba sobre ti, me apoyabas contra la pared para golpearme todo el cuerpo contra ella, y seguías restregando tus sucias manos en mi espalda, en mi torso, en mi pelo… Me recorrían, me recorrían sin parar, y no podía apartarlas, como no podía apartar mis ojos verdes de los tuyos azules, que tanto me turbaban. Y les tenía miedo. El miedo que me producían cada vez que me observaban, diciéndomelo todo sin palabras, imbuyéndome de culpa y de deseo ajeno.
                Entrabas y salías a tu gusto, y yo sin poder escapar. Tampoco dormía por las noches esperando tu visita, y dejaba de respirar al escuchar el chirrío de la puerta.
                Contemplaba el cielo de madera sobre mi cabeza, imaginando que detrás de toda aquella oscuridad un sol brillaba, olvidado, con pequeñas nubes blancas en torno a él. Acostumbrándome a soñar con él cuando me poseías.
                La luna rotaba alrededor nuestro y te acariciaba la espalda con cada resoplido que me provocabas. Te odiaba y te quería al mismo tiempo. Me hacías daño pero me llenabas. Quería menos y quería más. Te deseaba lejos y te deseaba tan cerca…
                Comenzabas a visitarme menos, como si me estuvieras olvidando. Y yo cada vez era menos propenso a pensar en mi casa, en la familia que tenía cuando todavía respiraba por mi cuenta, cuando aún recordaba quién era. Y me sorprendía a mí mismo llorando en la esquina, echándote de menos. Porque te habías convertido en todo lo que conocía, en todo lo que me sacaba de mi ensimismamiento. En todo lo que me mantenía, irónicamente, con vida.
                Sentía la suavidad de tu cabello de otra manera sobre mi cuello. Tus manos sucias ahora me limpiaban al acariciarme. El dolor que me provocabas no era más que un recordatorio de que todavía tenía cosas que sentir. La pared no estaba tan fría cada vez que me ponías contra ella, no así como tus besos en mi espalda.
                Me embelesaban tus ojos azules. Me embelesaba tu manera de desearme con la mirada y me embelesaba todo lo que me hacías. Me estabas matando de la forma más dulce que podría haber imaginado. Mi corazón se aceleraba cada vez que bajabas las escaleras para convertirme, una vez más, en tu propiedad.
                Pero todo terminó un día.
                La oscuridad a la que tanto tiempo me llevó acostumbrarme se deshizo ante mis ojos, aunque continuaba cegado por la fantasía en la que habías transformado mi día a día. Dejé de ver tus orbes de cristal y tu cabello rubio. Dejé de sentir tus manos en mi espalda y tus fríos labios en los míos. Dejé de sufrir el dolor de los golpes y de recibir todas tus ansias. Dejé de querer seguir viviendo si no era contigo. Pero ni siquiera sabía cómo te llamabas, solo que existías y que yo era tuyo. Completamente tuyo. Pero de repente fui libre, y me arrebataron todo lo que era y todo lo que necesitaba para continuar en pie.
                Vi a muchas personas preocupadas. Me hablaron de gente increíble que me ayudaría, pero yo no sabía a qué. Pensaba que me entregarían a ti de nuevo, y de verdad lo añoraba. Pensaba que en algún momento aparecerías para raptarme de nuevo, para dejarme sin aliento con tu presencia. Para rehacerte con tus caprichos.
                Y no volviste. Te olvidaste de mí y yo me olvidé del mundo. Deseaba con todas las fuerzas del universo, porque de las mías no quedaban, volver a encontrarme entre tus brazos. Escucharte de nuevo susurrándome crueldades al oído. Enamorarme de ti todos los días cuanto más me hacías sufrir.
                No era más que las manos de mi síndrome lo que anhelaba. No era más que tu negada cordura. No era más que las manos de mi síndrome…

martes, 19 de abril de 2016

Sensaciones

Existen palabras que te llenan el alma, pero no por lo que significan, sino por cómo son pronunciadas por los labios que te hacen estremecer. Suaves como la seda, y te dejan sin aliento tal como si llevaras toda una vida esperando para escucharlas. Y son escuchadas, y seguramente olvidadas, pero no es el contenido más que la sensación de tenerlas por fin.
          Hay muchos tipos de sonrisas. Las hay que son tristes y apagadas como la lluvia en la noche. Las hay que son radiantes como el sol y como la luna. Las hay que no significan más que un asentimiento o un vago reproche que no se atreve a ser hablado. También las hay que significan todo pero se esconden tras una cortina de inocencia o vergüenza. Y las hay crueles, llenas de sadismo y venganza. Y las hay que consiguen desplazarte hasta los rincones más alejados del universo, haciéndote flotar en un mar cósmico de penumbra, salpicado por luces de innumerables colores que van y vienen, que surgen de la nada y de los cuales es imposible acostumbrarse.
          ¿Sabías, acaso, que incluso los sonidos más hermosos se ven eclipsados, en la mayoría de los casos y en la mayoría de los lugares, por ruidos que no deseamos escuchar? ¿Cómo explicas, si no, que no estemos acostumbrados al canto de las aves o al susurro de la brisa? Porque siempre nos sorprendemos cuando éstos aparecen, y exclamamos: "¡Shh! ¡Escucha! ¡Está cantando un gorrión!". Porque no es lo habitual. Sin embargo, no comentamos nada sobre aquellos ruidos que nos molestan, porque son algo normal en nuestras vidas, algo que pertenece a nosotros mismos, como si estar acostumbrado al ruido de los coches o al estruendo de las máquinas de obras fuese parte de nuestro alma, cuando lo que más deseamos de todo corazón sería sustituir todo ese alboroto por el jolgorio de los pájaros en primavera. 
          Acariciamos con las manos cualquier superficie lisa. Rodamos por la hierba sobrecogidos por tanta felicidad cuando estamos reunidos íntimamente con nuestro ser. Reímos mientras nos rozan las flores y observamos el cielo tan azul, o salpicado de nubes, o incluso sintiendo resbalar por nuestra piel las gotas de lluvia. Pero siempre sintiendo algo, sea lo que sea. Nos dejamos llevar, y eso nunca debería ser malo. ¿Por qué no reírse cuando se está feliz? ¿Por qué esconder la alegría cuando, dando un paseo, comienza una llovizna que nos hace estremecer? Si quisiéramos contagiar la sonrisa al resto de las personas, bastaría con hacer aparecer ese aura que nos envuelve interiormente en la superficie de nuestro cuerpo. 
           Y hay veces en las que todo lo significa todo. Una palabra pronunciada por los labios que te hacen estremecer, acompañada de una sonrisa que irradie afecto, o alegría, o mil cosas al mismo tiempo. Un abrazo que te arrope. Un canto que envuelva y un universo en cada milímetro de tu piel.

sábado, 19 de marzo de 2016

Nunca osaría

                Le dije que la quería como nunca había querido a una mujer. Me respondió que nunca osaría ponerle el anillo a ninguna otra que no fuera yo.

miércoles, 17 de febrero de 2016

Paradise

Te cogí de la mano y escapé de la realidad.
Me miraste a los ojos preguntándome mil cosas, pero ni yo sabía lo que tenía que contestar. Simplemente me dejé llevar por aquel impulso que no me permitía detener los pasos por el camino, y sabía que tú me ibas a acompañar, porque siempre lo has hecho, porque estábamos unidos por un hilo invisible.
                —Tengo miedo —me dijiste, y lo noté porque te temblaban las manos.
                Yo también tenía miedo, aunque trataba que la seguridad lo sobrepasase. Quería darte la sorpresa más bonita del universo, y el temor no podría ser capaz de frenarme. Entonces, comencé a cantar en un idioma que ni si quiera yo conocía, pero que transmitía todo aquello que necesitaba decirte, y tú me escuchabas con tu rostro de niño, ladeando la cabeza y tarareando los versos que yo mismo me estaba inventando.
                Se notaba que el sendero era poco transitado, pues era estrecho y lleno de hierbajos que apenas dejaban ver las losas de piedra descuidadas por los años. Sin embargo, los miles de cielos coloridos que se atisbaban por entre las copas de los árboles despejaban cualquier duda: aquel era el camino que buscaba.
                —¿Qué dice? —Me preguntaste con una sonrisa.
                —¿El qué?
                —La canción —cerraste los ojos sin dejar de sonreír y me contagiaste más alegría de la que ya tenía.
                —Habla sobre ti y lo maravilloso que eres —dije sin pensar, y en realidad así lo creía.
                Me abrazaste con fuerza tras esas palabras, y me susurraste al oído que no había nada en el mundo comparado conmigo, aunque yo no te creía. Lo único que quería era hacerte feliz, costase lo que costase. Sabía que no merecías menos que una constante felicidad.
                Los árboles se abrieron dejando claros tan verdes y azules como nunca los habíamos visto antes. Te despegaste de mi lado y te postraste en la linde del sendero de piedra, ataviado con los destellos de los soles y las lunas que salían a nuestro encuentro por entre las montañas nevadas. Entonces te echaste sobre la hierba, contemplando el cielo, y me hiciste gestos con las manos para que me echase a tu lado. Contamos las estrellas sobre nosotros y describimos círculos al compás del movimiento de los cientos de planetas más visibles, susurrando sus nombres, aunque no los supiéramos, y bautizando a los que nos dejaban sin palabras.
                —Tenemos que continuar el camino —te dije, y tú me miraste con esa sonrisa siempre en tus labios.
                —¿Dónde quieres que acabemos?
                —En el lugar más bonito del universo.
                —¿Hay algo más bonito que tus ojos?
                No te contesté, porque no podía. Sabía que tenía que cogerte de la mano y guiarte por alguna parte hacia algún lugar que ni yo mismo tenía la certeza de que existiera. Lo único que me guiaba era la brisa que cubría nuestros pasos y tu mirada esclavizada por el paisaje, paseándose de un lugar a otro sin dejar de contemplar. Pero aquello no era lo que buscaba, sino parte.
                Me armé de valor y me levanté con tu mano entre las mías. Regresamos al sendero y continuamos avanzando, aunque a aquellas alturas del camino era imposible saber qué sentido era adelante y cuál atrás.
                Unas nubes blanquísimas comenzaron a teñir el pedazo de cielo que nos acompañaba sobre nuestras cabezas, y unas diminutas gotas de lluvia nos ampararon en el camino, destellando con colores que no habíamos visto jamás. Pero no quisimos resguardarnos de la lluvia. Nos daba cobijo sin saber exactamente por qué, y era suave y refrescante. Parecía, incluso, que hasta el suelo bajo nuestros pies se estremecía al contacto con la llovizna.
               Subimos por unas escaleras de plata, tan finas que parecían transparentes y se veía el campo que dejábamos abajo. Tocamos las estrellas y los planetas que continuaban dando vueltas. Traspasamos los límites del universo en un mar infinito de esferas deslumbrantes. Recorrimos travesías que hacía milenios que estaban perdidas. Descubrimos el Paraíso del que no quisimos regresar.

domingo, 27 de diciembre de 2015

Una vez...

Una vez desperté tras soñar con tus ojos verdes. Una vez desperté y me arrepentí de haberlo hecho.
                Tenía tu mirada aún reciente en mi cabeza, como si estuvieras presente también en mi habitación. Te había cogido de la mano y te había amado como un astrónomo a las estrellas, pero tan pronto como hube abierto los ojos ya no estabas. Tan solo tu recuerdo, en mi sueño, en mi deseo.
                Me levanté de la cama y me encontré solo y vacío, como si me hubieran arrancado un pedazo de mi corazón, que permanecía dormido. Y mientras caminaba hacia la cocina para prepararme el desayuno, no podía dejar de pensar en ti.
                Eché el café en mi taza y me senté en la mesa, al lado de mi padre. Me miró como me miraba todas las mañanas y encendió la radio. El interlocutor decía que habían encontrado el cuerpo sin vida de un joven en un descampado, que todos los indicios apuntaban a una sobredosis. Inevitablemente me imaginé que era yo ese chico, pero la sobredosis se sustituía por tus ojos verdes y tus caricias en mi mejilla.
                Y en clase tampoco pude concentrarme. Tus labios se interponían entre las palabras del profesor y yo, y me besaban sin estar presentes, como habías hecho en mis sueños. Y pensé en quedarme dormido encima del pupitre, pero sabía que aquello no era más que la triste realidad y que lo único que conseguiría sería una buena reprimenda.
                Pero al llegar a casa fue diferente. Me tumbé en la cama y deseé con todas mis fuerzas quedarme dormido, y lo conseguí, pero no apareciste en mi sueño. Tan solo el desasosiego y las ganas de querer saber más de ti y de tus ojos.
                Soñé que me estaba quemando en el infierno. Pero no se trataba de un infierno religioso, sino de un mundo donde todo eran escombros y la gente huía despavorida, intentando salvar inútilmente sus vidas. El fuego lo ocultaba todo a su alrededor y te eché de menos. Eché de menos tus miradas gélidas para poder aplacar con tempestad todas aquellas llamas que lo envolvían todo a su paso. Pero no te veía por ninguna esquina, por ninguna tienda destrozada, por ningún coche… y no sentía el latido de tu corazón como solía sentir en los sueños en los que estaba contigo.
                Desperté entre temblores, con miedo a continuar soñando y no encontrarte. Me senté sobre la cama con la frente perlada de sudor y con la respiración entrecortada. Decidí, entonces, que no podría intentar buscarte en mis sueños por mi propia voluntad, que tendría que esperar hasta la noche. Pero… ¿podría esperar?
                Conseguí mantenerme lejos de mi cama y lejos del sueño. Sin embargo, no pude deshacerme de la necesidad de irme a dormir temprano, aún con el desamparo del sueño de por la tarde. En ese punto del día, poco importaba. Solo quería verte de nuevo.
                Y encontré tu rostro entre las ramas de unos árboles bajos, en un bosque rodeado de lucecillas que bailaban y destellaban entre los dos. Y entonces los árboles desaparecieron y quedamos suspendidos entre una neblina que se disipó, dejándonos a escasos centímetros el uno del otro, sobre unos jardines acosados de flores discordantes.
                Acercaste tus labios a los míos y nos fundimos en un beso tan caluroso como el sol que se acababa de asomar entre unas pequeñas nubes, en un cielo violáceo. Separaste tu rostro y me miraste a los ojos, abrazándome con una sonrisa tan dulce que pensé que me derretiría. Y entonces, por primera vez desde que soñaba contigo, me hablaste, y tu voz hacía honor a toda tu belleza:
                —Hola, Hyoga —dijiste, en apenas un susurro, y mis manos comenzaron a temblar.
                —Hola, Shun —te respondí como si te conociera desde hacía tiempo, pero en realidad, y hasta ese momento, jamás había sabido tu nombre.
                Agrandaste tu sonrisa y desviaste la mirada con las mejillas rojas. Reuní valor y te hice levantar los ojos hacia mí de nuevo, pero ya no sonreías. Me contemplabas con admiración, como si yo mismo fuese un dios o algo parecido. Y reconozco que yo te miraba igual, porque para mí eras lo que más quería en mi vida, aunque solo pudiera sostenerte en mis sueños.
                Pero te esfumaste. Te fuiste de mi sueño tan rápido como habías llegado, y yo me desperté entre un amasijo de sábanas, con las lágrimas resbalando hacia la almohada y mis manos agarrando el espacio donde antes habías estado tú.
                Le supliqué a cualquiera que pudiera escucharme que me devolviera dentro de mi cabeza, donde solo tú tenías cabida, pero nadie me respondió. Escuché la voz de mi padre desde la cocina, gritando furioso que me levantase o si no llegaría tarde a clase, pero yo no quería ir. Quería permanecer en la cama con tu recuerdo. Aferrarme a las desordenadas sábanas y no soltarlas nunca con la esperanza de que tú aparecerías entre ellas en cualquier momento. Y sabía que eso no iba a suceder.
                Sucedió que durante una semana lo único que soñaba era que tú te esfumabas con lágrimas en tus ojos verdes, y yo estiraba el brazo todo lo que podía para intentar impedirlo sin remedio. Y los últimos días ni siquiera podía vislumbrar tu rostro en la oscuridad de mis sueños. Era como si hilos invisibles tirasen de ti y de mí hacia lados opuestos, y yo estaba tan desesperado que amanecía todos los días deseando volver a dormir para recuperarte y traerte conmigo a la realidad. Aun sabiendo que eso era imposible.
                Desistí. Desistí porque todas las noches me pasaba lo mismo y quería tratar de olvidarte para dejar de sufrir. Incluso empecé a hacerle caso a esa chica de mi clase que estaba enamorada de mí, con la esperanza de poder escapar de tu recuerdo. Por dentro, igualmente, tenía desgarrado el corazón.
                —Si no quieres estar conmigo, dímelo —me dijo un día, enfadada, y yo no tuve ni el valor ni las ganas de contestarle, porque sabía que todo era una tapadera—. Olvídame —terminó, y yo estuve a punto de responder que a quien quería olvidar era a ti.
                Y mis intentos fueron en vano. Tú dejaste de aparecerte en mis sueños pero en mi lucidez estabas siempre presente, y no tenía ni la menor idea de cómo borrarte de mi memoria dejando las menores secuelas posibles.
                Y aunque parezca imposible, poco a poco me fui olvidando de ti. Poco a poco, muy poco a poco… tal vez pasó un año cuando lo conseguí… Habías dejado de aparecerte en mis sueños y mis sueños habían dejado de ser oscuros. Y, de repente, dejé de pensarte, de imaginarte, de recordar cómo te acariciaba la mejilla y cómo te besaba en los labios.
                Pero yo ya era, por aquel entonces, un experto en los malos acontecimientos. Y una noche como otra cualquiera, después de haber estado con la que era mi novia, la misma que me había pedido que me olvidase de ella, me tumbé sobre la cama y me puse a escuchar música melancólica. Y no pensaba en ti. Ni en ella. No pensaba en nada en absoluto, sino que me limitaba a canturrear la letra y la melodía de cada canción como si no hubiese nada más importante en el mundo.
                Y entonces me dormí. Me dormí y aparecí en un hermoso jardín que, extrañamente, me recordaba a un lugar en el que yo ya había estado, no sabía ni cuándo ni por qué, pero lo sabía, lo percibía.
                Caminé unos pasos titubeantes por la fina hierba y la brisa me meció el cabello rubio con sus suaves susurros. Me dejé llevar por la música del sueño, olvidando la que sonaba a través de los auriculares en mi habitación.
                Parecía que el jardín estaba girando sobre sí mismo. Comenzaron a aparecer árboles alrededor que no tardaron en cortarme todos los caminos. Di varios pasos en todas direcciones, pero estaba completamente cercado y no supe qué hacer. Miré hacia arriba con la esperanza de encontrar una vía de salida de ese claro del bosque, pero lo único que me encontré fue con el pálido brillo de una luna que abarcaba casi todo el cielo estrellado.
                Cerré los ojos con angustia y me dejé caer sobre la hierba oscurecida. Estaba húmeda, como mis ojos. Sin embargo, no estaba triste. Tenía el presentimiento de que alguien me estaba observando desde algún lugar y, temeroso, volví a alzar la mirada hacia la enorme luna.
                Y mi corazón palideció junto con su luz. Y mis oídos se llenaron de tu cálida voz, que pronunciaba mi nombre como una lejana melodía que lo envolvía todo a su paso, aterciopelada y suave. Vislumbré tus ojos sobre la superficie del astro. Vislumbré el brillo de tu cabello y el color de tu piel. Vislumbré tu sonrisa desde allí arriba, y sentí que volaba hacia ti, pero mis pies no se despegaron del suelo.
                Traté por todos los medios de desplegar unas alas que nunca tuve para acudir a tu llamada, pues tu voz sonaba cada vez con más fuera en mi cabeza, pero ni un rastro de plumas se asomó en mi espalda, y no sentí nada que me desgarrara la piel. Sin embargo, mi corazón se estaba desgarrando por no poder alcanzarte.
                Vi una brecha entre los árboles de en frente. Me acerqué hasta ellos y, con las manos temblando, me abrí camino por entre sus ramas bajas, que me arañaban la piel a cada paso que daba. Pero no me importaba. No me importaba porque tenía la sensación de que al final de todo aquel dolor podría abrazarte de nuevo. Y continué, con las manos y brazos ensangrentados, mientras, además, otras de las ramas se aferraban a mi pelo y me latigaban el rostro.
                El sendero que se abría paso entre los árboles se fue transformando hasta que los troncos formaron un sólido túnel que no dejaba pasar ni un mísero rayo de luna. Y ya no era capaz de escuchar tu voz en mi cabeza ni de imaginar tus ojos verdes observándome y esperándome desde lo alto. Pero seguí avanzando. Seguí avanzando porque sabía que te encontraría al final del túnel.
                Aunque no fue así. Lo que encontré al salir de aquel lugar fue algo que hubiera dejado sin aliento hasta al más escéptico de los hombres.
                Una bruma cubría el suelo bajo mis pies. El cielo tenía un tono azul, pero tan oscuro que parecía negro, y en vez de las estrellas normales y corrientes, había puntos luminosos clavados en el firmamento de los cuales colgaban filamentos destellantes que terminaban en pequeñas figuras como esferas o pirámides. Había, también, algunos con la forma microscópica de los copos de nieve.
                Paseé por entre esas maravillas, rozando cada filamento con las yemas de los dedos. Estaban fríos como el hielo, y cada vez que tocaba uno, emitía un lejano ruido metálico y destellaba con más fuerza durante casi un segundo.
                Y cada vez que paseaba la mirada más allá de los filamentos, me encontraba con un bosque de destellos plateados, interminable y silencioso, que me atraía hacia su interior sin remedio, como si quisiera atraparme entre sus tentáculos y no dejarme escapar nunca más. Pero yo sabía que debía continuar. Sabía que no podía perderme en aquel bosque de plata que tan ferozmente me pedía quedarme en él.
                Mi prioridad era encontrarte. Encontrarte y mecerte entre mis brazos. Besar tus labios como había hecho en mis sueños. Desearte la felicidad eterna. Desearte para mí. Que me deseases para ti. Coger tus manos y estrecharlas entre las mías. Mirarte a los ojos y perderme en ellos para siempre, sin preocuparme ya por despertar.
                Y mi corazón rugió con fuerza cuando encontré una estrella mucho más grande que las demás en el cielo. Y corrí hacia ella con la sensación de que me esperabas allí. Y así fue: me observabas con las manos unidas en tu regazo, con la sonrisa de siempre y los ojos de siempre. Pero… no tenía manera de llegar. Ni un solo filamento colgaba de la luna, por más que miré, y el astro reina estaba mucho más alejado del suelo que las estrellas, y por mucho que alzara mi mano para poder rozarte, no era capaz de sentir nada que no fuera el aire de alrededor de mis dedos.
                Y lloré. Lloré sin poder evitarlo, porque te tenía tan cerca que me parecía imposible concebir que el camino se hubiera terminado. Y me dejé caer sobre mis rodillas en el suelo brumoso, hundiendo mi rostro entre las manos, sollozando como si hubiera perdido toda una vida.
                Le regalé a mis mejillas una lágrima por cada sueño en el que me había perdido en tus ojos. Desee con todo mi ser que esas alas que antes no habían acudido a mí se presentaran en esa ocasión. Recé para que al abrir los ojos me encontrase a tu lado por fin. Pero nada de eso pasó.
                Sin embargo, sentí como si algo bailase en torno a mí. Como si miles de luces diesen vueltas a mi cuerpo, esperando una orden que saliese de mis labios. Aguardando una respuesta a sus preguntas. Y abrí los ojos y las vi: las estrellas del cielo habían bajado para reunirse conmigo y se movían entrelazando los filamentos que colgaban de ellas, en una danza de destellos cegadores y hermosos.
                Estiré una mano para rozar los filamentos y se me estremeció todo el brazo. Entonces, estiré el otro, y se me estremeció el cuerpo completo cuando unos cuantos vinieron a acariciar mi piel. Y sonreí aún con las lágrimas resbalando por mis mejillas y cayendo entre la bruma. No sabía por qué, pero acababa de hallar una felicidad que no sabía ni de dónde procedía. Solo sabía que estaba ahí, y que me daba fuerzas para pensar que podría continuar hasta llegar a tu vera.
                Moví con suavidad los brazos hacia uno y otro lado. Movía, también, los dedos, con la misma lentitud, como hechizado por la luz de esas estrellas. Y en mi cabeza se dibujó la figura de una barca creada a partir de los pequeños filamentos. Y mis ojos vislumbraron cómo estos filamentos se unían entre sí para formar lo que mi mente imaginaba, al compás de los movimientos de mis manos, tranquilos, suaves, etéreos.
                —Necesito un lugar en esa luna, a su lado —les susurré, y ellos asintieron a su forma, sin dejar de entrelazarse.
                Cerré los ojos para dejarme llevar por el roce, y cuando los abrí, apareció ante mí la barca que deseaba. Me levanté y pasé las manos por los filamentos brillantes que la componían. Eran suaves, y destellaban con cada roce, como hacían cuando colgaban desde las estrellas en el cielo. Entre ellos, también se veían las figurillas de los extremos, que hacían de agarraderas para que no se deshiciera.
                Titubeé. Nunca, ni en mis más profundos sueños había visto nada igual, y dudé en subirme a ella, como si fuera un sueño dentro del sueño, como si se fuera a desvanecer una vez empezara a navegar hasta la luna. Pero, entonces, la barca destelló, impaciente, y con uno de los filamentos me atrajo hacia ella, haciéndome montar y tumbándome hasta que mis ojos solo observaban el cielo con la luna. Y contigo.
                Y dejé que la barca me acercara poco a poco a ti. Y sentí la luz de la luna cada vez más cerca, y el destello de los filamentos y las estrellas de las que colgaban en mis laterales y bajo mi cuerpo. Y la leve mecida al surcar el cielo oscuro. Y el susurro de tus palabras en mi mente. Y cuando llegué, me sentí el hombre más feliz del mundo, tanto del real como del de hecho de sueños.
                Los filamentos de la barca se deshicieron y bajaron de nuevo a sus posiciones iniciales, pendiendo de las estrellas. Y me quedé de pie sobre la superficie de la luna observándote sin dar crédito a nada de lo que estaba sucediendo, con una extraña felicidad sobre mis hombros. Tú también me mirabas, a unos diez metros de distancia, con el rostro entre las sombras. Entonces, me fijé que tus mejillas destellaban como las estrellas, y unos pasos torpes me fueron acercando hasta ti.
                Extendí los brazos y te abracé como si fueras un fantasma a punto de esconderse de la realidad. Y me respondiste al abrazo con calidez. Y te hice alzar los ojos para mirarlos otra vez, pues los echaba tanto de menos… pero seguían siendo verdes, tan verdes como en todas las ocasiones. Y tus labios continuaban vivos, y llamaban a los míos sin decir nada.
                —Te echaba de menos —susurraste, y me quedé sin pálpito en el corazón—. Pensé que no volverías nunca a tus sueños.
                —Yo pensé que nunca más volvería a soñar contigo, Shun —te dije con un hilo de voz.
                —Siempre he estado en tus sueños —sonreíste—. Siempre he estado en lo más profundo de tu corazón —desviaste la mirada hacia un lado, y me fijé que te habías sonrojado.
                —He venido hasta lo más profundo de mi corazón para encontrarte. Y ahora que lo he hecho, no pienso dejarte más.
                —Quieres decir… ¿que te quedarás conmigo aquí, dentro de tu sueño? —Asentí con firmeza, pero me devolviste una mirada triste—. Pero Hyoga… yo soy tu sueño, no puedes… quedarte conmigo.
                —Nada hay para mí en la realidad —dije con aflicción—. Y no necesito nada más que a ti.
                Tus emociones se manifestaron dentro de mi mente, nítidas. Y aunque tus ojos lloraban y tus susurros no me permitían quedarme, tus pensamientos me rogaban a gritos que no cesase ese abrazo.
                Y no lo hice. No lo hice porque sabía que no queríamos perdernos otra vez. Porque si despertaba no volvería a soñar nunca más con tus besos, ni con tus abrazos, ni con tus caricias…
                Y nos quedamos así, fundidos en un abrazo que nada ni nadie podría romper. Entrelazados en un solo corazón y con una misma alma. Y cerré los ojos, otra vez, para sentirte lo más cerca de mí posible, y al volver a abrirlos, descubrí, con alegría, y desconociendo su significado, que todas las estrellas nos rodeaban emitiendo destellos con forma de lágrima que descendían por los filamentos hasta llegar a la superficie de la luna.
                Y como si hubieran separado mi mente de mi cuerpo, me fui alejando del abrazo, pero sin dejar de observarlo, al mismo tiempo que contemplaba nuestros cuerpos emitiendo la misma luz que las estrellas de nuestro alrededor, que nos envolvían. Y vi cómo cada uno de nosotros transformaba su piel en diminutos filamentos que se unían entre sí para formar el filamento completo, hasta que no quedaron más que dos hilos luminosos que se entrelazaban el uno con el otro sin querer separarse. Y una sola estrella adornaba sus cúspides. Y una sola figurita terminaba en ellos.
                 Y una vez no desperté nunca de un sueño. Y una vez no desperté, y lo único que necesité para vivir fueron tus ojos.