martes, 12 de mayo de 2015

Las hojas caen sobre la tierra

Las hojas caen sobre la tierra
como susurros en la noche.
Recuerdo que una vez te amé,
e igual te sigo amando.
Nunca supe de tus sentimientos
y ya nunca lo sabré.
Te fuiste con la llegada del invierno
y con la ida de las estrellas
en el cielo.
Yo quería tenerte a mi lado
pero el destino no lo quiso así.
Ahora se marchita mi corazón
al verte partir a otro lugar.
A un lugar alejado tanto de mí
a donde yo no puedo llegar.
Te fuiste sin decir adiós
sólo la lluvia te acompañó
junto a la nieve.
Tus ojos se apagaron
como se apaga el sol por las noches.
Quedó tu cuerpo bajo tierra
mientras tu alma voló hacia la luna.
Y así sea de cruel la vida
que jamás podré olvidarte.
Estarás a mi lado
aunque sin estar,
pues nunca me dejaste.
Al menos no me dejaste
dejar de pensar en ti.
Las hojas caen sobre la tierra
como susurros en la noche.
Recuerdo que una vez te amé,
y aún te sigo amando.
Miraré hacia el cielo cada noche
para acordarme un poco más de ti,
y sufrir los atardeceres
que ya no paso a tu lado.

sábado, 9 de mayo de 2015

Ojos que no ven, corazón que siente

Recuerdo aquel día de primavera en el que fuimos a pasear por el parque. Yo te iba describiendo hasta las hojas verdes que colgaban hermosas en las ramas de los árboles y tú asentías con una sonrisa complacida. Soplaba una brisa fresca que te mecía el cabello rubio y de vez en cuando abrías los ojos, azules como el cielo, para mirarme sin verme. Aunque yo sabía que podías contemplar mi corazón con la misma sencillez con la que yo contemplaba las flores en la hierba.
            Nos sentamos en un banco en frente de un pequeño estanque, con los rayos del sol bañándonos la piel. Me dejé llevar por la grata sensación, pero me hiciste salir de mi ensimismamiento cuando tomaste mi mano con torpeza y entrelazaste tus dedos con los míos. Te acercaste a mí y me besaste los labios después de palparlos con la otra mano, tanteando mi rostro hasta encontrarlos.
—Te quiero, Mu —susurraste—, pero no tienes por qué estar conmigo. Serías más feliz con cualquier otra persona.
—Shaka, no digas tonterías. Yo también te quiero a ti. Te amo. No podría estar con alguien que no fueras tú.
—Ni tan solo puedo verte.
—No me importa —exclamé rápidamente, aunque te lo había dicho otras tantísimas veces, y aún hoy sigo repitiendo lo mismo—. Te quiero tal y como eres. Te quiero por quien eres —mis mejillas se sonrosaron y bajé la mirada al suelo.
            Abriste los ojos y me volviste a besar con más intensidad. Adoraba tus besos. Adoro tus besos. Y adoro tus ojos azules como no adoro el resto de las cosas en el mundo.

Y aquel día en que fuimos al autocine, acompañados de nuestros amigos de clase, a ver una tonta película de acción. Ellos se reían y observaban sentados sobre el capó. Nosotros nos quedamos detrás, sentados encima de los asientos del descapotable, y yo te iba contando una a una las escenas que aparecían en la pantalla. Estabas abrazado a mí y me susurrabas palabras de gratitud al oído por todo lo que estaba haciendo por ti, y yo te decía que no tenías porqué dármelas, que lo hacía con todo el amor del que disponía, y que lo seguiría haciendo por el resto de mis días.

Y ese otro día en el que nos dio por preparar una tarta de cumpleaños para Aldebarán. Acababan de terminar las clases en la Universidad y por fin llegaba el nuevo verano, que parecía iba a ser bastante más caluroso que el anterior. Pero eso no era lo realmente importante.
            Me habías obligado a mirar en cientos de páginas de Internet para buscar recetas de tartas de chocolate, y cando te decía una que sonaba muy bien y fácil de preparar, negabas con la cabeza tras unos segundos meditándolo y me decías que buscase otra. Y al final del todo te acabaste decidiendo por la primera que habíamos encontrado.
            Nos pusimos a preparar la tarta y todo parecía ir perfecto hasta que te empeñaste en ayudarme. Estabas completamente serio y concentrado en lo que hacías, pero yo te veía y estabas haciendo un completo desastre. Cuando acabaste, porque me habías echado de la cocina, molesto, me llamaste de nuevo y me enseñaste lo que habías hecho. Sentí enormemente en el alma no haber podido contener la risa y pensé que te ibas a enfadar.
—¿Qué pasa? ¿No tiene buena pinta? —Preguntaste.
            Te acercaste a mí con la cuchara de madera en las manos y comenzaste a alzarla mientras yo dejaba de reírme. Entonces, salí corriendo hasta el salón y cerré la puerta echándome en el sofá y ocultándome con un pequeño cojín. Por supuesto, abriste la puerta y te abalanzaste sobre mí como si me vieras tan nítidamente como yo había visto el estropicio de tarta. Me diste algún que otro coscorrón al tiempo que me revolvía debajo de ti y, como de costumbre, terminamos besándonos sobre el sofá con tanta pasión que parecía que se nos iba a salir el corazón del pecho.

También recuerdo los días en los que éramos pequeños e íbamos aún a la escuela. Muchos compañeros eran muy crueles contigo y se aprovechaban de que no podías verles para robarte los lápices o escribirte insultos en el pupitre. Yo intentaba mantenerlos a raya y les decía que te dejasen en paz, pero era imposible. Descubrí, entonces, lo crueles que podían ser los niños y el enorme corazón que guardabas bajo tu piel, pues casi nunca te enfadabas con ellos a pesar de que yo te contase todo lo que hacían.
Quería que supieras la verdad y que no se rieran a costa de tu ignorancia frente a los hechos.

Y el día más feliz de mi vida fue cuando me pediste estar contigo. Tu actitud fría ante todo me había dejado tantas dudas en el alma que no me lo esperaba, pero aún así yo había continuado ayudándote en todo lo que podía. Recuerdo que muchas veces te enfadabas por ayudarte demasiado, diciendo que aunque no pudieras ver podías valerte por ti solo. Y la verdad es que tenías razón. Muchas veces trataba de hacer yo todo tu trabajo, lo requirieses o no. Hoy en día también te sigues enfadando por ello, aunque estoy convencido de que eso ya es por seguir la tradición o, quizás, por conseguir más arreglos de discusiones en el sofá o bajo las sábanas de la cama.

—Gracias por estar conmigo a pesar de no poder apreciar tu belleza —me dices mientras sostienes mi mano entre las tuyas, acurrucado junto a mí en el sofá.
—Gracias a ti por estar conmigo conociendo solo mi corazón.
—No me es necesario nada más que tu corazón para ser feliz. Aunque mis ojos apagados y tristes no puedan verte, soy consciente de que te quiero.
—Tus ojos azules son los más bonitos que he visto en mi vida, Shaka, y jamás me cansaré de contemplarlos.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Vasto océano de indiferencia

Flota por el Universo y cae en la orilla del umbral. Las olas de las estrellas no le dejan ver más allá de sus pasos, pero intuye con el resto de sus sentidos la música de lo eterno. Y pasea bajo nebulosas y bajo arcos de color que se mecen con la suave brisa se un atardecer espacial.
                Ni se siente vacío ni se siente diminuto ante toda aquella devastadora fuerza de lo inmortal, mas sabe que su vida dura muy poco comparado con la de todas aquellas cosas que se encuentra alrededor. Pero no le importa lo más mínimo ahora que su piel percibe el sentir de lo etéreo y de lo desconocido al tiempo que los rayos de los cuerpos celestes penetran en su corazón y tiran de su alma para llevárselo consigo.
                Está solo en un mar de verdades aún desconocidas, pero le basta el simple hecho de saber que existen. Disfruta con cada paso que le lleva hacia adelante, o quizás en diagonal, o quizás hacia abajo, o quizás a ninguna parte. Nada tiene importancia cuando se deja llevar. Él mira, él contempla, él exhala grandes bocanadas de nada aguantando sus exclamaciones de sorpresa y cierra los ojos cuando todo a su alrededor se vuelve infinitamente perfecto, pues siente que su cuerpo no está capacitado para apreciar tanta belleza. Y aún así, los vuelve a abrir como si pretendiese hacerse dueño de la eternidad.
                Las galaxias que giran a gran velocidad parecen diminutas a medida que se aleja de ellas, pero poco a poco se abre más Universo ante sus ojos, y miles de galaxias que parecían tan lejanas ahora son enormes y musicales cúmulos de luces parpadeantes, tan cegadoras como imposibles de dejar de mirar. Pero el camino continúa y él no puede parar.
                No puede parar sus pasos intranquilos que le llevan hasta lugares que nadie más soñó jamás con ver, y se ve envuelto en nubes de polvo tan inmensas y coloridas como los arcoíris del campo por el que antaño solía pasear.
                Palidece con cada estrella y junta las manos para rezar al dios de lo eterno para que no le saque nunca de allí. Ve cada planeta y observa, de vez en cuando, civilizaciones perdidas anhelantes por descubrir que no están solas en aquel mar de oscuridad. Y hacía mucho tiempo que no admiraba el cielo azul de la mañana y las pequeñas estrellas tan alejadas sobre sus ojos en una noche de primavera. Y ahora que estaba frente a ellas, cara a cara, como siempre había soñado, un fuerte sentimiento de añoranza le reprime el corazón y siente melancolía por aquellos días en los que veía las estrellas desde la hierba de su jardín y empleaba su telescopio para ver más de cerca los cráteres de la luna.
               Todo aquello le quedaba grande. Él no era más que un ser diminuto e irrelevante ante una maravilla sin umbral. Un pasajero del espacio y del tiempo que no sabía cómo encontrar el camino de regreso hacia su hogar. Si cerraba los ojos, veía negro. Si los habría, veía colores sobre un fondo más negro si cabía. ¿Cómo no iba a sentirse afligido? Todo era descomunal, un vasto océano de indiferencia, sin fin, más grande de lo que la imaginación llegaba a alcanzar. Y él estaba solo, perdido en él. Y ni siquiera le importaba.

martes, 28 de abril de 2015

El camino de una flor

Había una flor en la hierba. Sus pétalos eran de un blanco rosado y su tallo verde como una hoja en primavera. Mime la observó maravillado. Se había pasado toda la mañana buscando algo que regalarle a Shun por su aniversario, pero en ninguna tienda vendían nada que le convenciese. Esa flor era perfecta como los ojos de su amado, y parecía delicada como su piel. Se agachó con una sonrisa y la cogió suavemente, separándola de la tierra que le había dado la vida. Se sintió culpable por ello, pero el prado estaba lleno de esas flores tan bonitas y pensó que el sacrilegio, así, sería menor. Una flor para una flor, pensó excusándose.
    Se alejó del prado con la flor en la mano y la mirada al frente, y comenzó a recordar todos los momentos hermosos que había compartido con Shun, desde ir a la playa hasta pasear bajo arboledas y estrellas brillantes. También pensó en aquella vez que habían tomado juntos un helado de chocolate y, derretido, se les había caído sobre las manos y habían jugado a ver quién manchaba más la cara del otro.
     Caminó por la calle con el corazón alegre. El cielo de primavera estaba completamente despejado a excepción de unas diminutas nubes blancas que lo adornaban. Se sentía vivo y complacido por haber encontrado el regalo perfecto, mas cuando regresó a casa, no encontró la flor en sus manos y, aunque sabía que no la había guardado en los bolsillos, los miró desesperado.

La flor se había desprendido de su mano apenas salido del parque de donde la había recogido, cayendo al suelo sin hacer ruido y amenazada con ser aplastada por las personas que paseasen por allí. Pero algo sucedió: una niña de ojos claros y grandes la encontró y la recogió del suelo temiendo por ella. Se la colocó en un mechón de cabello y escuchó que su madre la llamaba para volver a casa, pues ya habían jugado mucho y se acercaba la hora de comer. La niña obedeció y se prendió de la mano de su madre con una sonrisa, enseñándole la flor que le adornaba el pelo.
    Pero el destino cruel hizo que una brisa arrancase la flor del cabello de la niña y la llevase volando por encima de las personas hasta que cesó el movimiento agitado del aire y fue a parar en los mechones marrones de un perro bastante grande, quien se sacudió fuertemente y hizo volar la flor, que cayó en el bolso negro de una mujer. Esta tenía el semblante triste y los ojos llorosos. Cuando fue a coger un pañuelo se encontró entonces con la flor y la cogió delicadamente con dos dedos, alzándola hasta sus ojos y sonriendo al ver lo hermosa que era.
—Qué bella eres —susurró, y la dejó posada sobre una ventana baja, continuando su camino.
    Otra brisa traicionera apareció en la calle e hizo volar a la flor de nuevo. Esta se fue paseando con gracia entre las personas que caminaban en la acera y las que conducían sus coches en la carretera. El tráfico era ruidoso, pero la flor no podía escucharlo. Simplemente se dejaba mecer por el suave viento que la llevaba a saber dónde.
    Entonces, un muro detuvo su camino por el aire y descendió despacio hasta posarse en el suelo. Una madre que llevaba a su hijo de la mano pasaron al lado de ella, y el niño, que no tendría más de dos años, soltó la mano de su mamá y se agachó para coger la flor. Estuvo a punto de morderla, pero la mujer le regañó por ello y le obligó a soltarla. En vez de eso, el niño se acercó a una anciana que vendía rosas artificiales de todos los colores en la calle y le tendió la flor con una enorme sonrisa. La anciana lo miró y le devolvió la alegría. Se agachó y alargó una mano para coger la flor que le regalaba. La madre del pequeño le pidió disculpas por las molestias y se alejaron de la anciana, quien mantenía la mirada cansada en ellos mientras se iban y la dejaban sola de nuevo.
    Ese día había sido agotador. Si no vendía por lo menos la mitad de las rosas que tenía en su cesta de mimbre sus jefes se enfadarían mucho con ella, y era la única solución que tenía para poder comer. Pero pasaba el tiempo y nadie recaía en ella, y cuando le hablaba a la gente, nadie le respondía. Solo le quedaba el recuerdo de ese niño tan adorable que le había regalado esa flor tan hermosa, y encima de verdad. Entonces, miró en todas direcciones durante largo rato hasta que avistó a un joven que caminaba distraído por la calle. La anciana le paró cuando pasó a su lado y el chico respondió a su llamada.
—Eres un chico muy guapo —le dijo—, estoy segura de que tu novia se alegraría mucho si le regalases esta flor —le tendió la flor rosada y el joven la cogió con mucho cuidado
—Es preciosa —le contestó con voz dulce sin dejar de mirarla—. ¿Cuánto quiere por ella? —Le preguntó con una amplia sonrisa.
—Quédatela. Mi negocio son las rosas de plástico. No quiero tocar cosas tan bonitas como esa flor —diciendo esto, se alejó del joven a pasos torpes, pero este se apresuró a sacar unas cuantas monedas de su cartera y se las dio en la mano.
    La anciana rehúso al principio, pero el chico no le dejó más opción que aceptar el dinero cuando, con pasos ágiles, se alejó de ella sin dejar de sonreírle.

Mime entró en su habitación intentando evitar encontrarse con Shun. Tenía que pensar en qué podría regalarle ahora que no tenía la flor que le había cogido en el prado del parque. Precisamente, en ese parque había estado por primera vez a solas con Shun, un bonito día de primavera, con el mismo cielo azul que el de ese mismo día y las pequeñas nubes azules. No había en el mundo mejor regalo de aniversario que esa preciosa flor, pero el destino había querido que se le cayese.
    Escuchó los pasos apresurados de Shun, quien apenas había terminado de quitarse la ropa de calle y ponerse un pijama cómodo. Llevaba la camisa desabrochada y corría por el pasillo con alegría contagiosa. Se echó a los brazos de Mime y le abrazó fuertemente al tiempo que le felicitaba por ese día tan especial y exclamaba lo mucho que le quería.
    Mime correspondió a todas sus palabras y caricias, pero cuando se separaron y se miraron a los ojos, parecía triste. Shun, sin percatarse, estiró un brazo y con dos dedos cuidadosos le tendió a Mime una flor tan hermosa como quien se la regalaba. Era de pétalos blancos y rosados, y un tallo tan verde como los ojos de Shun.
    Mime cogió la flor sin poder creerse que volviera a sus manos y besó a Shun con todo el cariño y pasión de los que fue capaz, recordando que, aunque esa flor era preciosa, no era comparable a la flor con la que estaba compartiendo la calidez de sus labios.

domingo, 29 de marzo de 2015

Corazón congelado

Descubrió a lo lejos, sobre la montaña nevada, una tenue luz que se confundía con los destellos del hielo reflejando los haces del sol.
            Dio unos pequeños pasos hacia ella, pero era muy empinada y estaba demasiado lejos. Además, cuanto más se acercaba, más se alejaba la montaña de él. Empezó entonces a correr para no perderla, pero tenía la sensación de que no estaba avanzando nada. Se resignó, por fin, y se dejó caer sobre la tierra cubierta de nieve, despertando del pesado sueño que le había consumido esa noche.
            Se levantó de la cama aturdido, con el cabello revuelto y el corazón agitado. Se desperezó y se sentó sobre el borde tratando de recuperar el aliento. Poco después salió de la habitación para ir a darse una ducha y quitarse el frío del invierno y del sueño. Salió al pasillo y se chocó con Seiya que también iba al baño bostezando.
—¡Ay! Perdóname Shun, acabo de despertar y estoy muerto de sueño —se disculpó.
—No te preocupes, yo también —le sonrió, quitándole importancia—. ¿Vas al baño?Yo iba a darme una ducha.
—Sí, a eso iba —hizo una mueca.
—Entonces iré al otro a ver si está libre.
            Dio la vuelta hacia el otro lado del pasillo y llamó a la puerta del baño que estaba cerrada. Le contestó la voz de Hyoga desde el interior diciéndole que enseguida acababa. Unos minutos después abrió la puerta y salió con la ropa de calle ya puesta y una toalla cubriéndole el pelo. Shun se alegró de verle, pero Hyoga no parecía tener muy buen aspecto: se le notaban los ojos cansados y los hombros abatidos.
—¿Has dormido mal? —Le preguntó preocupado.
—No —contestó, y se fue por el pasillo bajando las escaleras hacia la cocina.
            Shun lo miró alejarse extrañado. Hyoga siempre solía darle los buenos días como mínimo todas las mañanas. Aún así, no le dio mayor importancia y entró para ducharse.
            Bajó un rato después mientras se frotaba el pelo con la toalla y vio que ya estaban todos abajo junto con Saori esperando por él para desayunar.
—Perdón, me alargué demasiado la ducha.
—No pasa nada —dijo Shiryu—. De hecho nos acabamos de sentar.
—¡Sí que pasa! —Exclamó Seiya—. ¡Me muero de hambre!
            Terminaron de desayunar y cada uno se fue por su lado. Shun se puso el la ropa de deporte para salir a correr por el jardín de la mansión mientras Seiya y Shiryu jugaban en el salón con la consola. Sus gritos se escuchaban casi desde fuera del edificio. Cuando cansó de correr, se encontró con Hyoga, quien estaba sentado en los escalones de la entrada con la mirada perdida en el cielo. Se sentó a su lado, pero este pareció no inmutarse.
            Shun se acercó más a él y le posó la mano en el brazo para preguntarle qué tal estaba y captar su atención, pero la retiró inmediatamente sintiendo que un frío glacial cubría la piel del rubio, como si el frío del invierno se le hubiera calado hasta los huesos. Le miró preocupado, pero Hyoga no dio muestras de haberse percatado de ello.
—Hyoga... ¿cómo es que estás tan frío? —Le preguntó.
—¿Lo estoy? —se tocó el cuello con la mano izquierda y se encogió de hombros—. Yo no noto nada.
—Pero lo estás —insistió—. Sé que siempre estás muy frío, pero no tanto como hoy —el rubio no le contestó—. Igual deberías hablar con Atena —al ver que Hyoga no le prestaba atención, le dejó solo no sin mirarle varias veces antes de entrar en la mansión de nuevo.
            Subió las escaleras y pensó en darse una ducha, maldiciéndose a sí mismo por habérsela dado por la mañana sabiendo que luego iba a salir a correr.
—Hoy no tengo el día lúcido —se dijo mientras suspiraba con reproche.

Cayó temprano la noche y con ella llegaron miles de estrellas al cielo. Shun pensó en salir al balcón para contemplarlas durante un largo rato, pero nada más abrir la puerta el frío le hizo temblar y la cerró con rapidez, echándose bruscamente sobre la cama y tapándose hasta la cabeza.
            Sacó un libro de uno de los cajones de su mesita y se puso a leer para pasar el tiempo y no dormirse tan pronto, pero el sueño le fue abordando sin que se diera cuenta.
            Abrió los ojos y se descubrió a sí mismo en un claro cubierto de nieve que rodeaba todo hasta donde alcanzaba la vista a excepción de un cumbre montañosa en mitad de la nada en frente de sus ojos. No había árboles por ninguna parte, ni hierba ni aves cantando ninguna canción. Estaba todo desierto y blanco, y sobre el pico de la montaña brillaba una tenue luz como el reflejo del sol en el hielo.
—Otra vez este sueño —murmuró, y sintió cómo se le congelaban los labios al hablar.
            Caminó con el corazón latiéndole fuertemente y se vio a sí mismo caminando en círculos por el suelo. Cada paso que daba le hacía girar hacia la derecha y no le dejaba avanzar. Cuando por fin se dio por vencido, se echó sobre la nieve y cerró los ojos aguardando al día siguiente.

Fueron pasando los días y todas las noches sufría el mismo sueño. Ese día amaneció con una lluvia espesa y persistente que golpeaba sin descanso los cristales de todas las ventanas de la mansión.
            Shun se levantó con los ojos llorosos y tiritando por el sueño del que se acababa de despertar. Se acurrucó bajo las sábanas para apaciguar el frío, pero entonces tuvo miedo de volver a dormirse y tener de nuevo esa pesadilla donde sus pasos le llevaban siempre al mismo lugar, y salió de la cama dando un fuerte estirón.
            El pasillo estaba vacío y no se escuchaba ni el mínimo sonido, lo cual le extrañó mucho y se pregunto si se habrían ido a alguna parte, pero entonces la puerta de la habitación de Hyoga se abrió y salió Shiryu de ella con expresión sombría. Se acercó a Shun con la mirada baja y le pidió que entrase él también en la habitación.
            Cerraron la puerta tras de ellos y Shun vio que estaban todos allí reunidos, incluído Hyoga, quien se encontraba tumbado boca arriba sobre la cama, con los ojos cerrados y la piel tan pálida como el hielo. Desvió la mirada asustada hacia su pecho y descubrió que el frío le apresaba el corazón con un prisma de hielo que se extendía por todo su cuerpo como ramas congeladas y emitía leves destellos de luz azul y blanquecina.
—¿Qué... qué ha pasado? —Preguntó con terror.
—Seiya le encontró en este estado hace unas horas... —dijo Saori, quien estaba sentada sobre el borde de la cama mientras acariciaba con dulzura la frente de Hyoga—. He intentado sofocar el frío con mi poder, pero ni siquiera he podido derretir un poco del hielo que le ciñe —añadió con culpabilidad.
—Ayer apenas salió de la habitación, solo para comer —dijo Shiryu.
—Y hoy me levanté preocupado por él y vine a su habitación para preguntarle qué le pasaba... y así me lo encontré.
—¿Y qué haremos? —Preguntó con nerviosismo.
—No os preocupéis, caballeros —dijo Saori—. Yo me quedaré a su lado velando por él. Intentaré derretir todo el hielo con mi poder. No os preocupéis —insistió con una sonrisa—. Haré todo lo que esté en mis manos.
            Por el resto del día intentaron hacer como si no hubiera pasado, pero el ambiente de preocupación se sentía aún con los ojos cerrados. Shun estaba tan pensativo que Seiya creyó que le iba a estallar la cabeza, y muchas veces intentó abrazarle para que se calmase, pero Shun siempre le devolvía una sonrisa cargada de tristeza.

La noche llegó como todas las demás. La lluvia seguía repiqueteando contra los cristales con la misma intensidad que el resto del día. Shun se fue a su habitación temprano, pero no se atrevió a dormir todavía. Se tumbó sobre la cama con la mirada perdida en el techo y las manos sobre la cabeza. Entonces, se levantó y salió de su habitación para entrar en la de Hyoga. Saori todavía se encontraba allí velando por la seguridad del rubio.
—Shun —dijo—. Aún no ha despertado —clavó la mirada en el hielo que cubría el corazón de Hyoga.
—Te noto cansada —se sentó a su lado y le acarició el cabello, apartándoselo del rostro—. ¿Por qué no vas a descansar? Yo me quedaré con él para cuidarle —le sonrió.
—No sé qué hacer, Shun. He probado tantas cosas ya... no sé qué le pasa, no sé por qué está así. No entiendo qué podría hacer para salvarle...
—No te preocupes. Ve a descansar, Atena, yo lo intentaré —volvió a sonreírle con más intensidad y Saori le devolvió una sonrisa cansada.
—Está bien. No te agotes demasiado. Mañana volveré a intentarlo —se levantó tambaleante del borde de la cama y Shun la ayudó a sujetarse para que no se cayera.
            Cuando Saori salió de la habitación, Shun dirigió su atención hacia Hyoga y ocupó el sitio donde esta se había sentado. Pasó la mano por la mejilla de Hyoga y la retiró rápidamente por el frío que emanaba de su piel. Haciendo acopio de valor, llevó la mano hacia el corazón de Hyoga y la posó suavemente sobre él, sintiendo cómo el frío se apoderaba también de su cuerpo. Aún así, esta vez no se apartó. Poco a poco, un sueño profundo le fue invadiendo y luchó contra él para poder mantenerse despierto toda la noche, pero a medida que pasaban los minutos este se iba haciendo cada vez mayor.
            Por unos momentos pensó que el hielo que cubría el pecho de Hyoga comenzaba a aumentar de temperatura, por poco que fuera. Entonces, y tras meditarlo, Shun se echó sobre la cama al lado de su amigo y le abrazó todo el cuerpo, apoyando la cabeza sobre el pecho del rubio y cerrando los ojos para una mayor concentración. Su respiración se fue relajando hasta que su mente se sumió en un profundo y frío sueño.

Cuando abrió los ojos, descubrío delante una enorme tierra cubierta enteramente de nieve con una montaña a los lejos desde cuya cima se emitía una tenue lucecilla azulada con destellos como el sol reflejado en el hielo.
            Su corazón se encogió al contemplar, como todas las noches, aquel lugar, y se preguntó de nuevo qué significaba todo aquello y por qué nunca podía moverse hacia la montaña.
            Se armó de valor como había acostumbrado a hacer, aunque con las esperanzas congeladas, e intentó dar un paso, pero este no le dejó avanzar, sino que le obligó a retroceder como si caminase de espaldas. Aún así, el paso que había dado se dirigía hacia la montaña.
            Volvió a dar otro paso, insistente, pero por cada paso que daba hacia adelante, sentía como si diera dos hacia atrás.
            Estuvo intentando acercarse a la luz durante un largo rato, pero al ver que lo único que conseguía era separarse de ella, se echó sobre el suelo, abatido, y cerró los ojos queriendo despertar de aquella pesadilla. Entonces, se acordó de Hyoga y de cómo se había acostado a su lado para salvarle, y algo en su interior le dijo que no debía despertar hasta que lograra alcanzar la cima de la montaña y descubrir qué era lo que emitía esa luz tan hermosa y fría.
            Se levantó y se sacudió la nieve de su ropa. Pensó durante unos instantes y, decidido, se dio media vuelta y comenzó a caminar en dirección contraria a la montaña, pero sus pasos le llevaban directamente hacia ella, y cada paso que daba para alejarse de la cumbre, equivalía a cientos de pasos que le acercaban con velocidad.
            Después de varios minutos caminando de espaldas, sintió la fría ladera de la montaña contra su espalda y fue entonces cuando se atrevió a darse la vuelta sin temor a regresar al punto de partida o de verla desaparecer ante sus ojos.
            Era mucho más alta de lo que había imaginado, y apenas le alcanzaba la mirada para vislumbrar la cumbre de le montaña congelada. Por ello, sus esperanzas se redujeron otra vez y se apoyó contra la pared de hielo, derrotado, tratando de encontrar la manera de escalar hasta el final.
            Suspiró varias veces y colocó las dos manos sobre le roca intentando aguantar el frío que emanaba de la nieve que la cubría. Cerró los ojos, agotado, y cuando los abrió de nuevo, descubrió ante él una gran escalera de hielo que subía por la montaña hasta perderse en la cumbre. Quedó asombrado y paralizado, al tiempo que su corazón volvía a latir con fuerza. Casi por inercia, apoyó el pie derecho sobre el primer peldaño, pero este resbaló y perdió el equilibrio, cayéndose al suelo.
            Intentó numerables veces comenzar a subir por la escalinata, y cuando por fin había avanzado más de diez escalones tras haber resbalado más de veinte veces, una sonrisa asomó a su boca y se dio fuerzas a sí mismo para continuar. Pero tenía la sensación de que cuanto más ascendía, más resbaladizo se volvía el hielo de los escalones. Así, tuvo que emplear toda su concentración y toda su fuerza en continuar escalando por ellos.
            Mucho tiempo después, y con la respiración agitada y el corazón a mil revoluciones, encontró un saliente al lado izquierdo de la montaña donde se echó a descansar. Clavó la mirada en el cielo azul y comprobó que aún le quedaba más de la mitad de la montaña para conseguir llegar al final. Se tumbó sobre un costado y suspiró con fuerza, cerrando los ojos y dejándose llevar por el despertar. Porque no había nada que desease más en ese momento que despertar bajo las sábanas de su cama y seguir leyendo el libro que guardaba en el interior del cajón.
—Pero no estoy en mi habitación —murmuró—. Estoy en la habitación de Hyoga —suspiró—, tumbado a su lado... para salvarle...
            Notó una molestia en la espalda, a la altura de los omoplatos, que le hizo ponerse de pie. Se dejó llevar por la sensación y cuando abrió los ojos se contempló a sí mismo volando sobre el abismo con unas alas grandes y blancanquísimas moviéndose acompasadamente en su espalda.
            Gritó. Pero no era un grito de terror, de confusión o de vértigo. Era un grito de alegría, como una risa resonante que rebotó contra todos los lugares de su sueño y le devolvió el eco apasionado de su voz.
            Las alas del ángel le hicieron llegar hasta la cima y le posaron suavemente sobre el hielo. Entonces, comenzó a nevar con dulzura y sus alas se fueron borrando de su cuerpo como polvo llevado por el viento. Las vió partir al tiempo que se daba la vuelta y clavaba la mirada en el pórtico congelado que había delante de él, del cual se desprendían destellos de una luz que se asemejaba a los rayos del sol sobre un pedazo de hielo.
            Dio el primer paso hacia él temeroso de que no pudiese alcanzarlo, y comenzó a correr hacia la entrada de la cueva como si le fuera la vida en ello.
—La mía no, pero sí la de Hyoga —murmuró.
            Entró en la cueva sintiendo que las piernas le pesaban y dolían demasiado. Se llevó las manos a las rodillas y las apartó con dolor. Se miró las palmas y vio que se había clavado varios cristales de hielo en ellas, y mirándose las piernas descubrió, con horror, que estas estaban llenas de esos pequeños cristales atravesándole la piel, los cuales ya empezaban a derretirse.
            Aún en ese estado, no dudó y siguió avanzando siguiendo la estela de la luz azulada, la cual se hacía cada vez más intensa. De súbito, se encontró en el interior de una caverna cuyas paredes de roca emitían destellos de luz semejantes las estrellas en el cielo nocturno, y no pudo evitar admirar toda aquella belleza durante unos eternos instantes. Entonces, estas estrellas se fueron juntando por encima de su cabeza y formaron entre ellas una especie de flecha que se movió por el techo de la caverna guiándole hacia una estrecha grieta que había al fondo por donde salía la luz azulada que llevaba tanto tiempo persiguiendo.
            Entró en la gruta y llegó a una caverna mucho más pequeña que la anterior, de apenas unos metros de ancho y alguno más de largo. Sus ojos se llenaron de lágrimas cuando fijó su mirada en la pared del fondo y descubrió allí a Hyoga, atrapado por sendas ramificaciones de hielo que salían de su pecho constantemente e iban cubriendo toda la pequeña caverna. Su corazón emitía los destellos azulados que en ese momento se le asemejaron a grandes gritos de ayuda que el rubio no lograba pronunciar con sus labios.
—Hyoga —murmuró con la voz quebradiza y las lágrimas resbalándole por las mejillas—. ¿Qué te ha pasado, Hyoga? —Le preguntó, aunque sabía que nadie le iba a contestar.
            Se acercó a él titubeante y notó el río calándosele hasta los huesos, pero eso no le frenó. Alzó una mano para acariciar la fría mejilla de Hyoga y pensó que se iba a quedar sin lágrimas en los ojos para seguir llorando. Se abalanzó sobre él, desesperado, y le abrazó con todas las fuerzas de las que disponía, ignorando el dolor de sus piernas y todo el cansancio que le consumía y le torturaba.
—Hyoga, despierta, por favor —le pidió, pero éste no podía escucharle—. Por favor. Te necesitamos. No nos dejes, por favor —le sinsitió.
            Cerró los ojos con fuerza e intentó contener las lágrimas, pero estas resbalaban por su rostro y por el hielo que cubría a Hyoga hasta terminar cayendo  en el suelo. Sintió entonces, tras los párpados, que una luz mucho más intensa que la que emanaba del corazón de Hyoga les rodeaba en el interior de la pequeña caverna, y abriendo los ojos observó con pánico que alrededor de ellos acababa de brotar un fuego de color rojo y azul que crepitaba como una pared derrumbándose.
            Se abrazó con mucha más fuerza al cuerpo inerte de Hyoga y apretó los dientes con miedo. Apoyó la mejilla iquierda sobre el pecho de Hyoga y rezó con todas sus fuerzas para que el fuego no les quemase.
—Hyoga, te salvaré. No sé cómo, pero te salvaré —le prometió con rabia en sus palabras.
            De pronto, el hielo que cubría el corazón de Hyoga emitió un destello cegador por toda la cueva que se esparció por todo el sueño de Shun, y entonces comenzó a derretirse llevándose consigo el resto del hielo que apresaba el cuerpo de su amigo contra la pared.
            Hyoga estuvo a punto de caerse al suelo, pero Shun consiguió sostenerlo a tiempo. El fuego, tras haberlo descongelado, se fue deshaciendo en el aire de la caverna y Shun pudo sentarse sobre la roca, abrazando a Hyoga entre sus brazos y hundiendo el rostro entre sus cabellos rubios y húmedos.
—Hyoga... dime algo, Hyoga... —murmuró al tiempo que un bostezo le acudía a la boca.
            Miró a Hyoga a los ojos y sintió que el despertar le consumía y le quedaba poco tiempo para regresar a la realidad. Sus ojos se llenaron de nuevo de lágrimas y sosteniendo el cuerpo de su amigo lo le dio la vuelta con suavidad y se acercó a él despacio y con el corazón latiéndole con la velocidad del viento.
            Los labios de ambos se tocaron dulcemente, y Shun notó el hielo de los de hyoga deshaciéndose con el calor de los suyos propios. Entonces, el menor cerró los ojos y le invadió por completo la necesidad de despertar.

Abrió los ojos con estrépito y se incorporó exaltado sobre la cama. Miró alrededor y comprobó que se encontraba en la habitación de Hyoga, y fue recordando poco a poco todo el sueño que acababa de vivir.
            Miró hacia el rubio con todo el temor del mundo reflejado en los ojos y entre la oscuridad de la noche vislumbró la pequeña luz que emanaba del corazón de Hyoga, pero esta se hacía cada vez más pequeña, y el hielo que le había apresado el corazón ya casi se había derretido por completo, y ya ninguna ramita de hielo le cubría el cuerpo.
            Clavó la mirada en él con el corazón a punto de salírsele del pecho y el alivio y la felicidad lo consumió cuando vio cómo el pecho de Hyoga volvía a moverse con normalidad. Alargó una mano para acariciarle la mejilla y no notó en ella el frío del invierno de todo el universo, sino que volvía a ser el tenue frío característico de su amigo.
            Se echó a su lado y le abrazó temiendo que volviese a congelarse, pero entonces notó que Hyoga estiraba un brazo y le correspondía al contacto tratando de decirle algo. Shun se separó un poco de él y le miró con una sonrisa de oreja a oreja mientras los ojos azules de su amigo comenzaban a abrirse después de una larga pesadilla.
—¿Shun? —Murmuró, y el menor asintió con energía.
—Sí, Hyoga, soy yo —le dijo, sonriente—. Vuelves a estar en casa.
—¿Por qué... por qué hace tanto frío? —Le preguntó, intentando incorporarse sobre la cama, pero Shun no le dejó.
            En su lugar, buscó las mantas al fondo de la cama y las echó sobre ellos. Una vez bien tapados, volvió a abrazar a Hyoga para que no se volviera a escapar de la habitación a un lugar al que apenas había conseguido alcanzarle.
—No te vuelvas a ir de mi lado, ¿vale?
—Ni aunque me pagaran —contestó Hyoga.
—Si lo haces, no volveré a ir a buscarte aunque me lo pidas de rodillas —le juró.

—Lo tendré en cuenta —le dijo Hyoga riéndose, y atrayendo el rostro de Shun hacia él, le depositó un suave beso en los labios y le devolvió el abrazo intentando calmar el frío que le había consumido el corazón durante tanto tiempo.

miércoles, 25 de marzo de 2015

Recuérdame, amor

Uno de los primeros one-shots que escribí, hace ya más de dos años.


   Nunca podré expresar todo lo que sentí por ti. Ahora que estoy en esta fría cama, quiero que lo sepas, aunque te lo haya contado tantas veces...
   ¿Te acuerdas de esa primavera que pasamos juntos? Cada día me regalabas un ramo de flores, y sonreías, y me decías lo mucho que me querías. Ahora las flores están marchitas en mi ventana. Y en vez del calor de la primavera siento el frío del invierno, que me congela, que no me deja moverme.
   ¿Te acuerdas de cuando luchamos en el santuario? Tú me liberaste del hielo que ahora recubre mis huesos sin piedad. Yo te llevé en brazos y lloré por ti. 
   ¿Te acuerdas de la primera vez que te dije que te amaba? Ahora es la última vez que te lo digo, y se me hace tan difícil... las palabras se me congelan en los labios, y yo cada vez me siento más débil.
   ¿Te acuerdas de aquella vez, en el jardín, mirando las ardillas en los árboles? Tenían el pelaje marrón. Ahora se habrá vuelto del color de la nieve.
   Cada vez me cuesta más trabajo hablar.
   ¿Te acuerdas de cuando nos perdimos en el bosque, cuando nos fuimos de acampada? Intentamos atravesar aquel río, que ya no recuerdo cómo se llama, y cogimos un resfriado. Ahora, un resfriado podría acabar conmigo de inmediato.
   ¿Te acuerdas de aquel día mirando la lluvia caer desde tu ventana? Tú no dejabas de sonreír, y decir lo mucho que te gusta la lluvia. Ahora esta lluvia cae sobre el cristal anunciando mi derrota.
   ¿Te acuerdas de cuando éramos niños? Tú siempre te escondías detrás de tu hermano, eras tan inocente... Yo, en cambio, jugaba con todos los niños preguntándome por qué eras tan diferente a todos nosotros. Ahora, mi juego está llegando a su fin, y no es tan agradable como cuando era pequeño.
   ¿Te acuerdas cuando te acariciaba tu cabello verde, tú te acercabas al mío y me decías lo bien que olía? Siempre me fascinó tu cabello. Ahora, todo eso es un triste recuerdo del pasado. Daría mi vida por volver a experimentarlo, pero me temo que no me queda mucho por dar.
   Cada vez hace más frío en esta habitación.
   ¿Te acuerdas cuando fuimos a pescar? Lo único que picaron fueron algas de todos los colores. Volvimos con las manos vacías, pero estar contigo mereció la pena. Ahora, las únicas aguas que veo son de color gris, y las algas me atraen y no me dejan salir a la superficie a respirar.
   ¿Te acuerdas la primera vez que compartimos la cama? Tú estabas muy nervioso, y yo hice todo lo posible para que ese momento fuese mágico. Ahora, compartimos la cama que me separará de ti para siempre.
   Cada vez se me nubla más la vista.
   ¿Te acuerdas de aquella vez que comimos en aquel restaurante de lujo? La comida estaba asquerosa, y nos fuimos arrepentidos, y diciéndonos que la próxima vez comeríamos un bocadillo en el parque. Ahora, todas las comidas que pruebo no me saben a nada.
   ¿Te acuerdas de aquella vez en Siberia? Tú me acompañaste, y nos sentamos juntos a contemplar la aurora boreal. Cuando te lo pedí, me dejaste solo para poder visitar a mi madre. Ahora, mi madre está al otro lado, y me está llamando con su dulce voz.
   Yo no quiero ir. Quiero quedarme contigo, pero es tan tentador...
   Hay una luz, puedo verla. Quizás sea la luz que me dejará vivir. Estoy caminando hacia ella. Cada vez se hace más grande y brillante. Creo que me he equivocado de camino, pero ya no hay marcha atrás. Me atrae hasta ella y no puedo liberarme de su abrazo. 
   Shun, lo único que pido es que no te olvides de todo lo que hemos vivido juntos. Algún día volveremos a encontrarnos, y será tan mágico como lo fue hasta ahora.
   Te quiere, Hyoga.

martes, 24 de marzo de 2015

Rojo amanecer

Tiñendo de rojo el amanecer y despertando las ciegas tempestades de todas las noches al tiempo que se blanden las espadas para la guerra. Temprano es el destino que llega para ellos cuando las luces del alba aún aguardan su tintineo. Blancas las nubes y grises los corazones de aquellos que dañan la noche para conseguir un día.
    Saben que no es el final de los tiempos, mas desean con toda su alma no perder el futuro para sus hijos, por los cuales luchar se convierte en algo cotidiano. Da igual cuántos escudos se quiebren si con las astillas de la vieja madera pueden construir su imperio y proteger lo que más quieren.
    No importa cuan contrario sea el momento de luchar, ni importa los litros de sangre derramada sobre el suelo. La luz del sol reflejada sobre los yelmos y el dulce aroma del viento acariciando la hierba. La tierna tierra bajo sus pies y flamantes gritos de victoria, deseosos de partir de la boca de los hombres y mujeres que luchan por su libertad y la de sus gentes.
    Aciago el mañana, pero merece la pena intentarlo. Aunque los miembros y los cuellos sean cortados, la derrota no se castiga con la muerte del ejército, sino con la muerte del nuevo amanecer, acompañado de negras tempestades y tiñendo de sangre el cielo.