miércoles, 17 de febrero de 2016

Paradise

Te cogí de la mano y escapé de la realidad.
Me miraste a los ojos preguntándome mil cosas, pero ni yo sabía lo que tenía que contestar. Simplemente me dejé llevar por aquel impulso que no me permitía detener los pasos por el camino, y sabía que tú me ibas a acompañar, porque siempre lo has hecho, porque estábamos unidos por un hilo invisible.
                —Tengo miedo —me dijiste, y lo noté porque te temblaban las manos.
                Yo también tenía miedo, aunque trataba que la seguridad lo sobrepasase. Quería darte la sorpresa más bonita del universo, y el temor no podría ser capaz de frenarme. Entonces, comencé a cantar en un idioma que ni si quiera yo conocía, pero que transmitía todo aquello que necesitaba decirte, y tú me escuchabas con tu rostro de niño, ladeando la cabeza y tarareando los versos que yo mismo me estaba inventando.
                Se notaba que el sendero era poco transitado, pues era estrecho y lleno de hierbajos que apenas dejaban ver las losas de piedra descuidadas por los años. Sin embargo, los miles de cielos coloridos que se atisbaban por entre las copas de los árboles despejaban cualquier duda: aquel era el camino que buscaba.
                —¿Qué dice? —Me preguntaste con una sonrisa.
                —¿El qué?
                —La canción —cerraste los ojos sin dejar de sonreír y me contagiaste más alegría de la que ya tenía.
                —Habla sobre ti y lo maravilloso que eres —dije sin pensar, y en realidad así lo creía.
                Me abrazaste con fuerza tras esas palabras, y me susurraste al oído que no había nada en el mundo comparado conmigo, aunque yo no te creía. Lo único que quería era hacerte feliz, costase lo que costase. Sabía que no merecías menos que una constante felicidad.
                Los árboles se abrieron dejando claros tan verdes y azules como nunca los habíamos visto antes. Te despegaste de mi lado y te postraste en la linde del sendero de piedra, ataviado con los destellos de los soles y las lunas que salían a nuestro encuentro por entre las montañas nevadas. Entonces te echaste sobre la hierba, contemplando el cielo, y me hiciste gestos con las manos para que me echase a tu lado. Contamos las estrellas sobre nosotros y describimos círculos al compás del movimiento de los cientos de planetas más visibles, susurrando sus nombres, aunque no los supiéramos, y bautizando a los que nos dejaban sin palabras.
                —Tenemos que continuar el camino —te dije, y tú me miraste con esa sonrisa siempre en tus labios.
                —¿Dónde quieres que acabemos?
                —En el lugar más bonito del universo.
                —¿Hay algo más bonito que tus ojos?
                No te contesté, porque no podía. Sabía que tenía que cogerte de la mano y guiarte por alguna parte hacia algún lugar que ni yo mismo tenía la certeza de que existiera. Lo único que me guiaba era la brisa que cubría nuestros pasos y tu mirada esclavizada por el paisaje, paseándose de un lugar a otro sin dejar de contemplar. Pero aquello no era lo que buscaba, sino parte.
                Me armé de valor y me levanté con tu mano entre las mías. Regresamos al sendero y continuamos avanzando, aunque a aquellas alturas del camino era imposible saber qué sentido era adelante y cuál atrás.
                Unas nubes blanquísimas comenzaron a teñir el pedazo de cielo que nos acompañaba sobre nuestras cabezas, y unas diminutas gotas de lluvia nos ampararon en el camino, destellando con colores que no habíamos visto jamás. Pero no quisimos resguardarnos de la lluvia. Nos daba cobijo sin saber exactamente por qué, y era suave y refrescante. Parecía, incluso, que hasta el suelo bajo nuestros pies se estremecía al contacto con la llovizna.
               Subimos por unas escaleras de plata, tan finas que parecían transparentes y se veía el campo que dejábamos abajo. Tocamos las estrellas y los planetas que continuaban dando vueltas. Traspasamos los límites del universo en un mar infinito de esferas deslumbrantes. Recorrimos travesías que hacía milenios que estaban perdidas. Descubrimos el Paraíso del que no quisimos regresar.

domingo, 27 de diciembre de 2015

Una vez...

Una vez desperté tras soñar con tus ojos verdes. Una vez desperté y me arrepentí de haberlo hecho.
                Tenía tu mirada aún reciente en mi cabeza, como si estuvieras presente también en mi habitación. Te había cogido de la mano y te había amado como un astrónomo a las estrellas, pero tan pronto como hube abierto los ojos ya no estabas. Tan solo tu recuerdo, en mi sueño, en mi deseo.
                Me levanté de la cama y me encontré solo y vacío, como si me hubieran arrancado un pedazo de mi corazón, que permanecía dormido. Y mientras caminaba hacia la cocina para prepararme el desayuno, no podía dejar de pensar en ti.
                Eché el café en mi taza y me senté en la mesa, al lado de mi padre. Me miró como me miraba todas las mañanas y encendió la radio. El interlocutor decía que habían encontrado el cuerpo sin vida de un joven en un descampado, que todos los indicios apuntaban a una sobredosis. Inevitablemente me imaginé que era yo ese chico, pero la sobredosis se sustituía por tus ojos verdes y tus caricias en mi mejilla.
                Y en clase tampoco pude concentrarme. Tus labios se interponían entre las palabras del profesor y yo, y me besaban sin estar presentes, como habías hecho en mis sueños. Y pensé en quedarme dormido encima del pupitre, pero sabía que aquello no era más que la triste realidad y que lo único que conseguiría sería una buena reprimenda.
                Pero al llegar a casa fue diferente. Me tumbé en la cama y deseé con todas mis fuerzas quedarme dormido, y lo conseguí, pero no apareciste en mi sueño. Tan solo el desasosiego y las ganas de querer saber más de ti y de tus ojos.
                Soñé que me estaba quemando en el infierno. Pero no se trataba de un infierno religioso, sino de un mundo donde todo eran escombros y la gente huía despavorida, intentando salvar inútilmente sus vidas. El fuego lo ocultaba todo a su alrededor y te eché de menos. Eché de menos tus miradas gélidas para poder aplacar con tempestad todas aquellas llamas que lo envolvían todo a su paso. Pero no te veía por ninguna esquina, por ninguna tienda destrozada, por ningún coche… y no sentía el latido de tu corazón como solía sentir en los sueños en los que estaba contigo.
                Desperté entre temblores, con miedo a continuar soñando y no encontrarte. Me senté sobre la cama con la frente perlada de sudor y con la respiración entrecortada. Decidí, entonces, que no podría intentar buscarte en mis sueños por mi propia voluntad, que tendría que esperar hasta la noche. Pero… ¿podría esperar?
                Conseguí mantenerme lejos de mi cama y lejos del sueño. Sin embargo, no pude deshacerme de la necesidad de irme a dormir temprano, aún con el desamparo del sueño de por la tarde. En ese punto del día, poco importaba. Solo quería verte de nuevo.
                Y encontré tu rostro entre las ramas de unos árboles bajos, en un bosque rodeado de lucecillas que bailaban y destellaban entre los dos. Y entonces los árboles desaparecieron y quedamos suspendidos entre una neblina que se disipó, dejándonos a escasos centímetros el uno del otro, sobre unos jardines acosados de flores discordantes.
                Acercaste tus labios a los míos y nos fundimos en un beso tan caluroso como el sol que se acababa de asomar entre unas pequeñas nubes, en un cielo violáceo. Separaste tu rostro y me miraste a los ojos, abrazándome con una sonrisa tan dulce que pensé que me derretiría. Y entonces, por primera vez desde que soñaba contigo, me hablaste, y tu voz hacía honor a toda tu belleza:
                —Hola, Hyoga —dijiste, en apenas un susurro, y mis manos comenzaron a temblar.
                —Hola, Shun —te respondí como si te conociera desde hacía tiempo, pero en realidad, y hasta ese momento, jamás había sabido tu nombre.
                Agrandaste tu sonrisa y desviaste la mirada con las mejillas rojas. Reuní valor y te hice levantar los ojos hacia mí de nuevo, pero ya no sonreías. Me contemplabas con admiración, como si yo mismo fuese un dios o algo parecido. Y reconozco que yo te miraba igual, porque para mí eras lo que más quería en mi vida, aunque solo pudiera sostenerte en mis sueños.
                Pero te esfumaste. Te fuiste de mi sueño tan rápido como habías llegado, y yo me desperté entre un amasijo de sábanas, con las lágrimas resbalando hacia la almohada y mis manos agarrando el espacio donde antes habías estado tú.
                Le supliqué a cualquiera que pudiera escucharme que me devolviera dentro de mi cabeza, donde solo tú tenías cabida, pero nadie me respondió. Escuché la voz de mi padre desde la cocina, gritando furioso que me levantase o si no llegaría tarde a clase, pero yo no quería ir. Quería permanecer en la cama con tu recuerdo. Aferrarme a las desordenadas sábanas y no soltarlas nunca con la esperanza de que tú aparecerías entre ellas en cualquier momento. Y sabía que eso no iba a suceder.
                Sucedió que durante una semana lo único que soñaba era que tú te esfumabas con lágrimas en tus ojos verdes, y yo estiraba el brazo todo lo que podía para intentar impedirlo sin remedio. Y los últimos días ni siquiera podía vislumbrar tu rostro en la oscuridad de mis sueños. Era como si hilos invisibles tirasen de ti y de mí hacia lados opuestos, y yo estaba tan desesperado que amanecía todos los días deseando volver a dormir para recuperarte y traerte conmigo a la realidad. Aun sabiendo que eso era imposible.
                Desistí. Desistí porque todas las noches me pasaba lo mismo y quería tratar de olvidarte para dejar de sufrir. Incluso empecé a hacerle caso a esa chica de mi clase que estaba enamorada de mí, con la esperanza de poder escapar de tu recuerdo. Por dentro, igualmente, tenía desgarrado el corazón.
                —Si no quieres estar conmigo, dímelo —me dijo un día, enfadada, y yo no tuve ni el valor ni las ganas de contestarle, porque sabía que todo era una tapadera—. Olvídame —terminó, y yo estuve a punto de responder que a quien quería olvidar era a ti.
                Y mis intentos fueron en vano. Tú dejaste de aparecerte en mis sueños pero en mi lucidez estabas siempre presente, y no tenía ni la menor idea de cómo borrarte de mi memoria dejando las menores secuelas posibles.
                Y aunque parezca imposible, poco a poco me fui olvidando de ti. Poco a poco, muy poco a poco… tal vez pasó un año cuando lo conseguí… Habías dejado de aparecerte en mis sueños y mis sueños habían dejado de ser oscuros. Y, de repente, dejé de pensarte, de imaginarte, de recordar cómo te acariciaba la mejilla y cómo te besaba en los labios.
                Pero yo ya era, por aquel entonces, un experto en los malos acontecimientos. Y una noche como otra cualquiera, después de haber estado con la que era mi novia, la misma que me había pedido que me olvidase de ella, me tumbé sobre la cama y me puse a escuchar música melancólica. Y no pensaba en ti. Ni en ella. No pensaba en nada en absoluto, sino que me limitaba a canturrear la letra y la melodía de cada canción como si no hubiese nada más importante en el mundo.
                Y entonces me dormí. Me dormí y aparecí en un hermoso jardín que, extrañamente, me recordaba a un lugar en el que yo ya había estado, no sabía ni cuándo ni por qué, pero lo sabía, lo percibía.
                Caminé unos pasos titubeantes por la fina hierba y la brisa me meció el cabello rubio con sus suaves susurros. Me dejé llevar por la música del sueño, olvidando la que sonaba a través de los auriculares en mi habitación.
                Parecía que el jardín estaba girando sobre sí mismo. Comenzaron a aparecer árboles alrededor que no tardaron en cortarme todos los caminos. Di varios pasos en todas direcciones, pero estaba completamente cercado y no supe qué hacer. Miré hacia arriba con la esperanza de encontrar una vía de salida de ese claro del bosque, pero lo único que me encontré fue con el pálido brillo de una luna que abarcaba casi todo el cielo estrellado.
                Cerré los ojos con angustia y me dejé caer sobre la hierba oscurecida. Estaba húmeda, como mis ojos. Sin embargo, no estaba triste. Tenía el presentimiento de que alguien me estaba observando desde algún lugar y, temeroso, volví a alzar la mirada hacia la enorme luna.
                Y mi corazón palideció junto con su luz. Y mis oídos se llenaron de tu cálida voz, que pronunciaba mi nombre como una lejana melodía que lo envolvía todo a su paso, aterciopelada y suave. Vislumbré tus ojos sobre la superficie del astro. Vislumbré el brillo de tu cabello y el color de tu piel. Vislumbré tu sonrisa desde allí arriba, y sentí que volaba hacia ti, pero mis pies no se despegaron del suelo.
                Traté por todos los medios de desplegar unas alas que nunca tuve para acudir a tu llamada, pues tu voz sonaba cada vez con más fuera en mi cabeza, pero ni un rastro de plumas se asomó en mi espalda, y no sentí nada que me desgarrara la piel. Sin embargo, mi corazón se estaba desgarrando por no poder alcanzarte.
                Vi una brecha entre los árboles de en frente. Me acerqué hasta ellos y, con las manos temblando, me abrí camino por entre sus ramas bajas, que me arañaban la piel a cada paso que daba. Pero no me importaba. No me importaba porque tenía la sensación de que al final de todo aquel dolor podría abrazarte de nuevo. Y continué, con las manos y brazos ensangrentados, mientras, además, otras de las ramas se aferraban a mi pelo y me latigaban el rostro.
                El sendero que se abría paso entre los árboles se fue transformando hasta que los troncos formaron un sólido túnel que no dejaba pasar ni un mísero rayo de luna. Y ya no era capaz de escuchar tu voz en mi cabeza ni de imaginar tus ojos verdes observándome y esperándome desde lo alto. Pero seguí avanzando. Seguí avanzando porque sabía que te encontraría al final del túnel.
                Aunque no fue así. Lo que encontré al salir de aquel lugar fue algo que hubiera dejado sin aliento hasta al más escéptico de los hombres.
                Una bruma cubría el suelo bajo mis pies. El cielo tenía un tono azul, pero tan oscuro que parecía negro, y en vez de las estrellas normales y corrientes, había puntos luminosos clavados en el firmamento de los cuales colgaban filamentos destellantes que terminaban en pequeñas figuras como esferas o pirámides. Había, también, algunos con la forma microscópica de los copos de nieve.
                Paseé por entre esas maravillas, rozando cada filamento con las yemas de los dedos. Estaban fríos como el hielo, y cada vez que tocaba uno, emitía un lejano ruido metálico y destellaba con más fuerza durante casi un segundo.
                Y cada vez que paseaba la mirada más allá de los filamentos, me encontraba con un bosque de destellos plateados, interminable y silencioso, que me atraía hacia su interior sin remedio, como si quisiera atraparme entre sus tentáculos y no dejarme escapar nunca más. Pero yo sabía que debía continuar. Sabía que no podía perderme en aquel bosque de plata que tan ferozmente me pedía quedarme en él.
                Mi prioridad era encontrarte. Encontrarte y mecerte entre mis brazos. Besar tus labios como había hecho en mis sueños. Desearte la felicidad eterna. Desearte para mí. Que me deseases para ti. Coger tus manos y estrecharlas entre las mías. Mirarte a los ojos y perderme en ellos para siempre, sin preocuparme ya por despertar.
                Y mi corazón rugió con fuerza cuando encontré una estrella mucho más grande que las demás en el cielo. Y corrí hacia ella con la sensación de que me esperabas allí. Y así fue: me observabas con las manos unidas en tu regazo, con la sonrisa de siempre y los ojos de siempre. Pero… no tenía manera de llegar. Ni un solo filamento colgaba de la luna, por más que miré, y el astro reina estaba mucho más alejado del suelo que las estrellas, y por mucho que alzara mi mano para poder rozarte, no era capaz de sentir nada que no fuera el aire de alrededor de mis dedos.
                Y lloré. Lloré sin poder evitarlo, porque te tenía tan cerca que me parecía imposible concebir que el camino se hubiera terminado. Y me dejé caer sobre mis rodillas en el suelo brumoso, hundiendo mi rostro entre las manos, sollozando como si hubiera perdido toda una vida.
                Le regalé a mis mejillas una lágrima por cada sueño en el que me había perdido en tus ojos. Desee con todo mi ser que esas alas que antes no habían acudido a mí se presentaran en esa ocasión. Recé para que al abrir los ojos me encontrase a tu lado por fin. Pero nada de eso pasó.
                Sin embargo, sentí como si algo bailase en torno a mí. Como si miles de luces diesen vueltas a mi cuerpo, esperando una orden que saliese de mis labios. Aguardando una respuesta a sus preguntas. Y abrí los ojos y las vi: las estrellas del cielo habían bajado para reunirse conmigo y se movían entrelazando los filamentos que colgaban de ellas, en una danza de destellos cegadores y hermosos.
                Estiré una mano para rozar los filamentos y se me estremeció todo el brazo. Entonces, estiré el otro, y se me estremeció el cuerpo completo cuando unos cuantos vinieron a acariciar mi piel. Y sonreí aún con las lágrimas resbalando por mis mejillas y cayendo entre la bruma. No sabía por qué, pero acababa de hallar una felicidad que no sabía ni de dónde procedía. Solo sabía que estaba ahí, y que me daba fuerzas para pensar que podría continuar hasta llegar a tu vera.
                Moví con suavidad los brazos hacia uno y otro lado. Movía, también, los dedos, con la misma lentitud, como hechizado por la luz de esas estrellas. Y en mi cabeza se dibujó la figura de una barca creada a partir de los pequeños filamentos. Y mis ojos vislumbraron cómo estos filamentos se unían entre sí para formar lo que mi mente imaginaba, al compás de los movimientos de mis manos, tranquilos, suaves, etéreos.
                —Necesito un lugar en esa luna, a su lado —les susurré, y ellos asintieron a su forma, sin dejar de entrelazarse.
                Cerré los ojos para dejarme llevar por el roce, y cuando los abrí, apareció ante mí la barca que deseaba. Me levanté y pasé las manos por los filamentos brillantes que la componían. Eran suaves, y destellaban con cada roce, como hacían cuando colgaban desde las estrellas en el cielo. Entre ellos, también se veían las figurillas de los extremos, que hacían de agarraderas para que no se deshiciera.
                Titubeé. Nunca, ni en mis más profundos sueños había visto nada igual, y dudé en subirme a ella, como si fuera un sueño dentro del sueño, como si se fuera a desvanecer una vez empezara a navegar hasta la luna. Pero, entonces, la barca destelló, impaciente, y con uno de los filamentos me atrajo hacia ella, haciéndome montar y tumbándome hasta que mis ojos solo observaban el cielo con la luna. Y contigo.
                Y dejé que la barca me acercara poco a poco a ti. Y sentí la luz de la luna cada vez más cerca, y el destello de los filamentos y las estrellas de las que colgaban en mis laterales y bajo mi cuerpo. Y la leve mecida al surcar el cielo oscuro. Y el susurro de tus palabras en mi mente. Y cuando llegué, me sentí el hombre más feliz del mundo, tanto del real como del de hecho de sueños.
                Los filamentos de la barca se deshicieron y bajaron de nuevo a sus posiciones iniciales, pendiendo de las estrellas. Y me quedé de pie sobre la superficie de la luna observándote sin dar crédito a nada de lo que estaba sucediendo, con una extraña felicidad sobre mis hombros. Tú también me mirabas, a unos diez metros de distancia, con el rostro entre las sombras. Entonces, me fijé que tus mejillas destellaban como las estrellas, y unos pasos torpes me fueron acercando hasta ti.
                Extendí los brazos y te abracé como si fueras un fantasma a punto de esconderse de la realidad. Y me respondiste al abrazo con calidez. Y te hice alzar los ojos para mirarlos otra vez, pues los echaba tanto de menos… pero seguían siendo verdes, tan verdes como en todas las ocasiones. Y tus labios continuaban vivos, y llamaban a los míos sin decir nada.
                —Te echaba de menos —susurraste, y me quedé sin pálpito en el corazón—. Pensé que no volverías nunca a tus sueños.
                —Yo pensé que nunca más volvería a soñar contigo, Shun —te dije con un hilo de voz.
                —Siempre he estado en tus sueños —sonreíste—. Siempre he estado en lo más profundo de tu corazón —desviaste la mirada hacia un lado, y me fijé que te habías sonrojado.
                —He venido hasta lo más profundo de mi corazón para encontrarte. Y ahora que lo he hecho, no pienso dejarte más.
                —Quieres decir… ¿que te quedarás conmigo aquí, dentro de tu sueño? —Asentí con firmeza, pero me devolviste una mirada triste—. Pero Hyoga… yo soy tu sueño, no puedes… quedarte conmigo.
                —Nada hay para mí en la realidad —dije con aflicción—. Y no necesito nada más que a ti.
                Tus emociones se manifestaron dentro de mi mente, nítidas. Y aunque tus ojos lloraban y tus susurros no me permitían quedarme, tus pensamientos me rogaban a gritos que no cesase ese abrazo.
                Y no lo hice. No lo hice porque sabía que no queríamos perdernos otra vez. Porque si despertaba no volvería a soñar nunca más con tus besos, ni con tus abrazos, ni con tus caricias…
                Y nos quedamos así, fundidos en un abrazo que nada ni nadie podría romper. Entrelazados en un solo corazón y con una misma alma. Y cerré los ojos, otra vez, para sentirte lo más cerca de mí posible, y al volver a abrirlos, descubrí, con alegría, y desconociendo su significado, que todas las estrellas nos rodeaban emitiendo destellos con forma de lágrima que descendían por los filamentos hasta llegar a la superficie de la luna.
                Y como si hubieran separado mi mente de mi cuerpo, me fui alejando del abrazo, pero sin dejar de observarlo, al mismo tiempo que contemplaba nuestros cuerpos emitiendo la misma luz que las estrellas de nuestro alrededor, que nos envolvían. Y vi cómo cada uno de nosotros transformaba su piel en diminutos filamentos que se unían entre sí para formar el filamento completo, hasta que no quedaron más que dos hilos luminosos que se entrelazaban el uno con el otro sin querer separarse. Y una sola estrella adornaba sus cúspides. Y una sola figurita terminaba en ellos.
                 Y una vez no desperté nunca de un sueño. Y una vez no desperté, y lo único que necesité para vivir fueron tus ojos.

domingo, 15 de noviembre de 2015

Guerra es sinónimo de muerte

Solo sé que la guerra es sinónimo de muerte.
                No sé cómo se organizan los cargos en el ejército, ni entiendo por qué a día de hoy sigue siendo necesario, porque para mí la guerra es algo que debimos dejar muy atrás en el pasado, pero no sé el porqué de su perseverancia.
                Tampoco comprendo por qué mueren acribilladas personas inocentes, ni entiendo por qué habrían de huir de sus casas. No sé cómo puede haber motivos detrás de sus muertes, pues sus rostros no manifiestan ningún deseo de morir.
                Es incomprensible, para mí, que personas armadas campen por las ciudades, ya en ruinas, destrozando la historia de cada una de ellas. Reduciendo a escombros todo lo que una vez fue una maravilla, cubriéndolo todo de polvo, sepultándolo bajo la sangre de los que un día quedaban sin aliento al contemplarlo.
                Quizá se deba al ansia de algunos por tener el poder absoluto sobre el mundo, de recuperar aquello que dicen que una vez fue suyo. Pero, si en algún momento consiguen su objetivo, ¿qué pueden hacer? No lo sé. Tal vez vivir en paz sobre la muerte que sembraron para lograrlo. ¿De qué les servirá ser los amos del mundo cuando no les quede mundo que gobernar?
                Y no sé por qué, con la única satisfacción de conseguir bienes materiales, se les proporcionan recursos para que continúen la masacre, recapacitando después sobre sus actos, o, más bien, preocupándose porque en algún momento les persigan con las armas que ellos mismos les dieron. ¿Acaso tiene el dinero más valor que la vida?
                Ni entiendo, tampoco, a aquellos que toman las armas contra las armas, sabiendo que son dueños de un poder mucho mayor que los que tratan de sembrar el miedo. Masacre por masacre, ¿no es así? Tal vez piensen que los actos de violencia se apacigüen con la muerte de quien los propagan. ¿Por qué convertirse en el asesino al que temes?
                Pero muchos, a veces, no encuentran otra alternativa. No entiendo por qué se nos es tan propenso pensar que el problema hay que cortarlo de raíz, que es mejor eliminar todo aquello que lo causa, pero entonces, ¿seríamos personas sin corazón? ¿Toda una lucha por la paz para que, después, seamos nosotros los que la violemos?
                No lo entiendo. No entiendo por qué no estamos creando tecnología que beneficie a la Humanidad, en vez de tecnología para destruirnos entre nosotros. ¿Por qué no progresar? ¿Por qué viajar en el tiempo? ¿Por qué no reunirnos por una causa común, para la vida y la felicidad? La muerte solo trae muerte, solo trae tristeza, acarrea oscuridad. Son problemas sin soluciones. Son soluciones que traen más problemas. Pero continuamos empeñados en que esa sea nuestra naturaleza, nuestra razón de ser: apoderarnos del máximo poder que podamos para usarlo contra aquellos que no piensan como nosotros.
                Porque las opiniones diferentes a la nuestra merecen la muerte, merecen desaparecer. Tal vez ese sea el único interés de las personas que comenzaron esto, y de las que, ilusas, prosiguen con la estampa, creyendo que de verdad pueden ganar algo con ello. Imaginando cómo un mundo les espera solo a ellos, un mundo que seguramente conciban como el paraíso. Un mundo rodeado de devastación.
                Tampoco comprendo cómo no nos percatamos de lo corta que es nuestra vida para malgastarla de esta manera. ¿Cómo es posible que alguien mire hacia el cielo y no vea más que azul, sin sentirse inmensamente insignificante? ¿Cómo es posible que no se sienta cohibido por tan vasta superficie que ni nos conoce ni la conocemos nosotros a ella? Y ella es, a fin de cuentas, la dueña de todo lo que nos rodea.
                Si alguien quisiera hacerse el amo del mundo, debería pensar antes todas estas cosas. No lo sé, quizás esté equivocada, pero, ¿puede albergar felicidad en su corta vida una persona rodeada de terror? Y cuando muera, ¿qué? ¿De qué habrá servido todo? ¿Para qué tantas muertes defendiendo sus creencias? Creencias que, en muchos casos, son infundidas por el miedo, ¿o no? No lo sé, tal vez haya gente en el mundo que opine que matar es el único camino de lograr lo que quiere. Y esa posibilidad, me oprime con fuerza el corazón.
Yo no entiendo mucho de la guerra, ni me gustaría tener que llegar a entenderla. Solo sé que trae tristeza con ella, muerte de inocentes que solo quieren alcanzar la felicidad que se les es vetada y hombres y mujeres forzados a huir de lo que una vez consideraron su hogar.
No sé mucho, ni lo querré saber. Lo único que sé con firmeza es que guerra es sinónimo de muerte.

martes, 11 de agosto de 2015

Que llegue el anochecer

Compartí contigo un triste despertar
cuando el sol del amanecer era cálido como tu piel
y las olas del mar suaves como tu mirar.
Sabía que te ibas aunque no lo quería admitir
pensaba que cada día me podría divertir.
Eras todo lo que quería
en un mar de sufrimiento.
Eras un rayo de esperanza entre la oscuridad
pero ahora solo es la oscuridad
lo que perdura
perpetua, eternamente.
Te deseaba todos los días
y todos los días te deseé.
Al acariciar tus labios y observar tus ojos esmeraldas
capté en un instante el significado del amor.
Con tu mano en la mía y tu boca en mi cabello rubio
esbocé los trazos de un futuro
que solo conocía felicidad
pero cuando aquel aciago despertar llegó
todo lo que quedó fue esa oscuridad.
El reflejo de tus ojos en el mar
y la mirada ciega entre las aguas,
el amanecer, continuo, estático,
ahora siempre acompañándome.
Nunca viene el atardecer a quitarme
mis últimos suspiros.
Sé que el final llegará con el anochecer,
pero no quiero separarme de tu recuerdo
que permanece en el rojo amanecer.
Tus caricias son de plata como la luna que se fue
cuando aún quedaba esperanza en mi interior
y la noche de mis espaldas
mi ilusión no apresó.
Sé que el tiempo podría curar
mi corazón malherido
pero lo que no quiero es esperar
a que mis recuerdos caigan en el olvido.
Si tan solo pudiera verte
por unos segundos más
y recordar tu belleza
en este mar de tristeza
que no me deja respirar.
Pero el destino quiso que así sea
y tú partiste sin apenas decirme adiós.
Y me quedé paralizado frente al mar
tratando de encontrar
entre todas las estrellas
el rostro que una vez tanto llegué a amar.
Se me congela el corazón
cuando las nubes se acumulan
y no me dejan buscarte
y no hay luz que me rescate
de la más profunda desesperación.
Yo solo quería ser feliz a tu lado
y por un tiempo lo fui,
mas no duró hasta la eternidad
como esas personas suelen decir.
Y aquí estoy, en la orilla
viendo ir y venir las olas
con las que hace poco jugábamos
cogidos de la mano
sin presiones ni ataduras.
Solos tú y yo.
Y amanece otra vez
como muchos otros días,
solo que esta vez tú no estás
y no quiero acostumbrarme a tu ausencia.
Vivo por ti
y por ti viviré
no sé si en este mundo o en el siguiente
no sé si lo llegaré a saber.
Y sin querer el cielo cambia de color
y con las manos temblorosas
veo como se apaga el sol.
Primero se vuelve naranja,
luego va viniendo la oscuridad,
esa misma que apresa mi corazón
por no poderte volver a contemplar.
Y poco a poco salen las estrellas
pero estas no son las del amanecer.
Salen estrellas brillantes
que mis ojos no quieren ver.
y entre ellas te vislumbro
y susurro tu nombre con un hilo de voz.
Quiero que me lleven con ellas
pero el miedo me apresa el corazón.
Me llamas con la mano extendida
y alargo la mía para rozarte la piel.
Mis ojos se llenan de lágrimas
y me muero al volverte a ver.
El anochecer llegó por fin
y con una sonrisa tiras de mí.
Abrazados entre las estrellas
con el mar bajo nuestros pies,
con sonrisas compartidas
esas que tanto añoré
y con las manos entrelazadas
te saludo otra vez
y te prometo, mi amor
que nunca más te dejaré de querer.

domingo, 9 de agosto de 2015

Alma danzante de luna

Entre los rayos de la luna la escuchaba cantar, alegre, con las manos danzarinas en su regazo, mientras movía los labios de esa forma tan tranquilizante, tan dulce, como una muñeca intocable, de coleccionista. Con el cabello cayéndole sobre los hombros como bucles castaños y brillantes.
                Cantaba sobre historias de tiempos remotos, según decía, aunque yo sabía que sus palabras eran pura imaginación. Cuentos de hadas, tal vez, o sueños de su infancia. Tal vez pesadillas. Pero ella se las creía, las vivía intensamente, como una niña pequeña dibujando en un trozo de papel. Sus ojos se iluminaban, parpadeaba varias veces y se dejaba consumir por el entorno. No parecía vivir en nuestro mismo mundo, sino que tenía la mirada tan perdida como un lejano planeta al otro lado del universo.
                Solía decir que ella misma era un cuento, una fantasía, una alucinación... que mirarla era como traspasar varios espejos de diferentes reflejos, vivir mil aventuras sin necesidad de cerrar los ojos. Se sentía, además, deseada, pero nunca supe el significado que le quiso dar a esa palabra, y tampoco tuve el valor de preguntarle. Si ella no me lo decía, era por algo, por lo que fuera. Igual no tenía mucha más importancia. Sin embargo, más de dos noches mi cabeza dio vueltas intentando descifrar lo que sus palabras ocultaban, sin conseguir más que me invadiera el sueño y caer dormido, y soñar con ella, con sus cuentos, con su imaginación, con sus labios...
                También decía que era libre como un ave, que ninguna jaula podía retenerla ni siquiera unos segundos. Y cada vez que me decía ésto me invadía la extrañeza, pues siempre la veía sentada en el mismo banco de piedra frente a la misma fuente bajo la misma luz de luna. Tampoco le pregunté, pues igual ella no se refería a la libertad que entiendo yo, aunque me hubiera gustado saber realmente lo que significaban sus expresiones, sus frases cargadas de palabras que parecían no tener ningún sentido.

                Aún así la quería, por muy lejana que la sintiese, aún por todas las veces que me golpearon la cabeza con mares de dudas. Ella estaba allí, haciendo algo que nunca comprendería. Compartiendo viejos cánticos que nunca supe si eran suyos de verdad o los había escuchado alguna vez hacía mucho tiempo.

viernes, 31 de julio de 2015

Noche y amanecer

El aciago amanecer llegó a los campos de Pelennor con la oscuridad de Mordor rozando la ciudad blanca y llenando los corazones esperanzados de nuevo con desdicha.
            La batalla por la liberación del asedio había sido costosa y los heridos habían requerido de los poderes curativos de Aragorn para sanarse, proclamándose así como el rey que retorna a su trono, tan ampliamente deseado por los ciudadanos.
            Y aquella noche, antes del amanecer, habían dormido juntos en una tienda de campaña rodeada por el resto de los valientes que habían acudido de todo Gondor para luchar por la causa justa que era la paz para los pueblos de los humanos. Aunque sabían que aquello no era más que el principio de algo de lo que no veían un final despejado. Gandalf había convocado a sus allegados para discutir qué paso tomar después de esa pequeña victoria, teniendo en cuenta no las esperanzas de los hombres, sino la esperanza de dos hobbits encaminados hacia Mordor.
            Pero en ese momento no pensaban en ello. Sumidos en un abrazo soñador, Elrohir y Elladan descansaban las heridas de la batalla con los ojos cerrados, notando ya los resquicios de la larga noche que habían pasado juntos. Sin embargo, llevaban despiertos antes de que llegara el amanecer, pero no habían intercambiado ni miradas ni palabras, solo roces y caricias en el cabello oscuro, implorando por no tener que abandonar la tienda nunca más. Pero también eso sabían que era un sueño hecho jirones.
            —Deberíamos levantarnos ya —dijo Elladan por fin—. Es cruel la mañana pero siento que la esperanza no está perdida.
            —Las batallas nunca mueren, y ojalá no murieran quienes las libran —le respondió él—. Quiero y no quiero levantarme, Elladan. Estar a tu lado me da motivos por los que luchar, más de los que me da destruir el Anillo y a Sauron. Saber que si lucho lucharás tú a mi lado.
            —Nunca diré lo contrario —sonrió y le acarició una mejilla con suavidad.
            Y no era la primera vez de ese día en que se dedicaban dichas palabras. Al caer la noche, agotados por la inminente batalla, habían caído de nuevo sobre las sábanas, el uno sobre el otro, mirándose a los ojos y bendiciendo que ambos continuasen con vida para seguir viéndose por un poco de más tiempo. Desde que hubieron marchado a la causa de Aragorn, no habían conocido apenas la intimidad de la que ya tan acostumbrados estaban. Como decía el heredero de Isildur, el amor de dos hermanos era incomparable. Y así era, en verdad, el amor que unía a ambos peredhil, pero había dicho una vez Elrohir es incluso más que eso.
            —La decisión de Estel nos llevará de nuevo a combatir —dijo Elladan.
            —Hacía mucho tiempo que no te oía nombrar ese nombre —sonrió abstraído.
            —¿Qué te ocurre?
            —Mi mente me ha llevado por senderos que pocas veces quiero recorrer —le miró a los ojos con pena—. Partir a Mithlond cuando esta macabra obra termine.
            —No hace mucho pensé yo lo mismo —desvió la mirada también apenado—. Pero es temprano para pensar en ello. Ahora mismo solo me importas tú y el interior de esta tienda, y la posible aparición de las estrellas por las noches, y los rayos de sol que brindan esperanzas y amor.
            —Creo que podremos ser libres de obrar junto a los Valar —susurró—. Ellos comprenderán nuestro corazón.
            —Padre lo sabe —dijo Elrohir con seriedad—. Lo insinuó antes de la partida desde Imladris, pero yo no fui capaz a responderle.
            —¿Cómo te miró?
            —No lo sé, yo le daba la espalda. Solo me dijo esas palabras: sé que amas a tu hermano, pero en su tono de voz decía más allá del amor familiar.
            Elladan acarició la piel desnuda de Elladan bajo la sábana hasta llegar a su cintura, y recordó cómo esa misma cintura había estado entre sus manos hacía apenas unas horas antes del amanecer. Los recuerdos de la pasión desatada en la tienda, de los gemidos salpicados de esperanza y de las manos piadosas que entrelazaban los dedos en el suelo y se sujetaban recíprocamente para complacer al otro.
            Elrohir recordó el sabor de la piel de su hermano y sus ojos mirándole con éxtasis y sin pudores que soportar. El intercambio de miradas había sido tan cálido que casi había parecido que se encontraban en Rivendel y no en la fría noche de Gondor aguardando la caída de la oscuridad de nuevo sobre ellos. Pero lo único que llegó a caer fue el deseo y el ansia de poseerse mutuamente, como hacía tanto tiempo que no se poseían. Y los besos apresurados eran como miel en sus labios al compás de las manos pícaras que no dejaban de hacer su recorrido y al compás, también, de las subidas y bajadas de las caderas de Elrohir, quien no dejaba de recordar mientras se perdía en los ojos de Elladan.
            —Padre lo entenderá —insistió Elladan otra vez, siempre con la mirada en la de su hermano y la mano acariciándole la piel—. Nada nos ha separado nunca y nada nos separará de aquí en adelante, así un mal destino nos ataña, cuando cierre mis ojos para siempre, aún en ese momento, solo tendré oscuridad para vislumbrarte a ti.
            Elrohir quiso dedicarle una respuesta digna de sus palabras, pero los labios de Elladan oprimieron los suyos con suavidad. La intensidad se fue apoderando del beso y pensaron que yacerían juntos otra vez, pero los pasos apresurados de alguien afuera les obligó a deshacer el contacto y el deseo se marchitó en cuestión de segundos.
            Aragorn asomó la cabeza por la lona de la tienda, y al percibir la cercanía de los dos cuerpos, distrajo sus ojos con el bullicio de las gentes que se acababan de despertar y les dijo con voz ronca:
            —Marchamos en unas horas. Lo siento —añadió al final, y volvió a dejarles a solas.
            Elladan y Elrohir recogieron sus ropas y olvidaron por largos minutos que sus almas estaban entrelazadas de una manera especial que iba más allá del cariño entre hermanos. Pero antes, antes justo de salir de aquel lugar en el que se habían vuelto a amar, un beso, tal vez de despedida, les hizo demorarse al encuentro. Pero no les importó.
            Recordaron como esa noche habían compartido más que palabras y sus mentes evocaron el distante sueño de verse subidos en un barco que zarpara de los Puertos Grises, y verse envueltos por un manto de felicidad, sin más batallas de las que preocuparse, solo ellos. Elladan y Elhorir.
            —No mueras, hermano —le dijo Elladan.

            —No mueras, Elladan.

viernes, 24 de julio de 2015

Aves de acero

Es el estruendo de las aves de acero sobrevolando nuestras cabezas. Son las prisas de las gentes intentando huir desesperados de la muerte. Son las miradas que le dedico al horizonte esperanzadas por ver tus ojos azules y tu cabello tan rubio viniendo hacia mí por entre los escombros.
      Son los rezos y plegarias que se elevan hacia el cielo y son las preguntas existenciales dedicadas a un dios que parece no existir. Es el olvido de su Excelencia por personas que corren para salvarse de las balas que surcan el aire sin apenas ser vistas.
      Es la presencia constante de la oscuridad. Son las miradas desesperadas de todas aquellas personas a las que conocí y de las que ya no volveré a conocer. Y es, también, la guadaña que nos persigue insistente por detrás de las espaldas y es mi tentación de volver a buscarte y llevarte conmigo. Es no querer perderte. Es mi mente rememorando una y otra vez los momentos más felices que pasamos juntos.
      Es el sollozo de las madres y son sus lágrimas de cristal cayendo sobre los cuerpos inmóviles de sus hijos. Y es el incesante estruendo de las aves de acero sobre nuestras cabezas y es el añoro por tus ojos azules.
      Son mis ojos esmeralda, como tú solías llamarlos, escudriñando entre los escombros, buscándote sin encontrarte. Es el recuerdo de tu mano cogiendo la mía y son, también, tus cálidos labios sobre mi boca.
      Son tus te quiero susurrados en mi oído mientras me abrazas bajo la luz de las estrellas. Son las historias que me cuentas cuando la noche cae sobre nuestros hombros como un manto de seda.
      Son tus palabras alzando mi esperanza. Son tus palabras llenas de esperanza y la brisa de un amanecer que me prometiste traería la felicidad ampliamente anhelada.
      Es el estruendo inagotable de las aves de acero sobre nuestras cabezas y el reflejo de un futuro donde no puedo ver más que negrura. Son tus brazos extendidos hacia arriba pidiendo sin palabras que no se acerquen a mí.
      Son los pasos apresurados de las gentes que pretenden huir de un desastroso final y son los pasos de cuero y goma revolviendo la tierra por la que corremos, y es el arma que lleva cada uno en sus manos, y son ellas apuntándonos tan amenazantes y es el estruendo de las aves de acero sobre nuestras cabezas.
      Es todo al mismo tiempo.
      Y son, incluso, tus palabras resonantes en mi mente con más poderío que el estruendo que se nos cala ya en las entrañas. Son las promesas de regreso que escaparon de entre tus labios. Es tu cuerpo desesperado huyendo de las balas. Es tu cuerpo desesperado cayéndose al suelo. Son mis lágrimas brillantes resbalando por mis mejillas y luego por tu rostro apagado. Es el brazo de alguien sacándome de allí. Es alguien alejándome de ti bajo el estruendo de las aves de acero.

      Soy yo tratando de acostumbrarme al no volverte a ver jamás.