Le dije
que la quería como nunca había querido a una mujer. Me respondió que nunca
osaría ponerle el anillo a ninguna otra que no fuera yo.
sábado, 19 de marzo de 2016
miércoles, 17 de febrero de 2016
Paradise
Te cogí de la mano y escapé de la
realidad.
Me miraste a
los ojos preguntándome mil cosas, pero ni yo sabía lo que tenía que contestar.
Simplemente me dejé llevar por aquel impulso que no me permitía detener los
pasos por el camino, y sabía que tú me ibas a acompañar, porque siempre lo has
hecho, porque estábamos unidos por un hilo invisible.
—Tengo miedo —me dijiste, y lo noté porque te temblaban las manos.
Yo también tenía miedo, aunque
trataba que la seguridad lo sobrepasase. Quería darte la sorpresa más bonita
del universo, y el temor no podría ser capaz de frenarme. Entonces, comencé a
cantar en un idioma que ni si quiera yo conocía, pero que transmitía todo
aquello que necesitaba decirte, y tú me escuchabas con tu rostro de niño,
ladeando la cabeza y tarareando los versos que yo mismo me estaba inventando.
Se notaba que el sendero era poco
transitado, pues era estrecho y lleno de hierbajos que apenas dejaban ver las
losas de piedra descuidadas por los años. Sin embargo, los miles de cielos
coloridos que se atisbaban por entre las copas de los árboles despejaban
cualquier duda: aquel era el camino que buscaba.
—¿Qué dice? —Me preguntaste con
una sonrisa.
—¿El qué?
—La canción —cerraste los ojos
sin dejar de sonreír y me contagiaste más alegría de la que ya tenía.
—Habla sobre ti y lo maravilloso
que eres —dije sin pensar, y en realidad así lo creía.
Me abrazaste con fuerza tras
esas palabras, y me susurraste al oído que no había nada en el mundo comparado
conmigo, aunque yo no te creía. Lo único que quería era hacerte feliz, costase
lo que costase. Sabía que no merecías menos que una constante felicidad.
Los árboles se abrieron dejando
claros tan verdes y azules como nunca los habíamos visto antes. Te despegaste
de mi lado y te postraste en la linde del sendero de piedra, ataviado con los
destellos de los soles y las lunas que salían a nuestro encuentro por entre las
montañas nevadas. Entonces te echaste sobre la hierba, contemplando el cielo, y
me hiciste gestos con las manos para que me echase a tu lado. Contamos las
estrellas sobre nosotros y describimos círculos al compás del movimiento de los
cientos de planetas más visibles, susurrando sus nombres, aunque no los
supiéramos, y bautizando a los que nos dejaban sin palabras.
—Tenemos que continuar el camino
—te dije, y tú me miraste con esa sonrisa siempre en tus labios.
—¿Dónde quieres que acabemos?
—En el lugar más bonito del
universo.
—¿Hay algo más bonito que tus
ojos?
No te contesté, porque no podía.
Sabía que tenía que cogerte de la mano y guiarte por alguna parte hacia algún
lugar que ni yo mismo tenía la certeza de que existiera. Lo único que me guiaba
era la brisa que cubría nuestros pasos y tu mirada esclavizada por el paisaje,
paseándose de un lugar a otro sin dejar de contemplar. Pero aquello no era lo
que buscaba, sino parte.
Me armé de valor y me levanté
con tu mano entre las mías. Regresamos al sendero y continuamos avanzando,
aunque a aquellas alturas del camino era imposible saber qué sentido era
adelante y cuál atrás.
Unas nubes blanquísimas
comenzaron a teñir el pedazo de cielo que nos acompañaba sobre nuestras
cabezas, y unas diminutas gotas de lluvia nos ampararon en el camino,
destellando con colores que no habíamos visto jamás. Pero no quisimos
resguardarnos de la lluvia. Nos daba cobijo sin saber exactamente por qué, y
era suave y refrescante. Parecía, incluso, que hasta el suelo bajo nuestros
pies se estremecía al contacto con la llovizna.
Subimos por unas escaleras de
plata, tan finas que parecían transparentes y se veía el campo que dejábamos
abajo. Tocamos las estrellas y los planetas que continuaban dando vueltas.
Traspasamos los límites del universo en un mar infinito de esferas
deslumbrantes. Recorrimos travesías que hacía milenios que estaban perdidas.
Descubrimos el Paraíso del que no quisimos regresar.
domingo, 27 de diciembre de 2015
Una vez...
Una vez desperté tras soñar con
tus ojos verdes. Una vez desperté y me arrepentí de haberlo hecho.
Tenía
tu mirada aún reciente en mi cabeza, como si estuvieras presente también en mi
habitación. Te había cogido de la mano y te había amado como un astrónomo a las
estrellas, pero tan pronto como hube abierto los ojos ya no estabas. Tan solo
tu recuerdo, en mi sueño, en mi deseo.
Me
levanté de la cama y me encontré solo y vacío, como si me hubieran arrancado un
pedazo de mi corazón, que permanecía dormido. Y mientras caminaba hacia la
cocina para prepararme el desayuno, no podía dejar de pensar en ti.
Eché
el café en mi taza y me senté en la mesa, al lado de mi padre. Me miró como me
miraba todas las mañanas y encendió la radio. El interlocutor decía que habían
encontrado el cuerpo sin vida de un joven en un descampado, que todos los
indicios apuntaban a una sobredosis. Inevitablemente me imaginé que era yo ese
chico, pero la sobredosis se sustituía por tus ojos verdes y tus caricias en mi
mejilla.
Y
en clase tampoco pude concentrarme. Tus labios se interponían entre las
palabras del profesor y yo, y me besaban sin estar presentes, como habías hecho
en mis sueños. Y pensé en quedarme dormido encima del pupitre, pero sabía que
aquello no era más que la triste realidad y que lo único que conseguiría sería
una buena reprimenda.
Pero
al llegar a casa fue diferente. Me tumbé en la cama y deseé con todas mis
fuerzas quedarme dormido, y lo conseguí, pero no apareciste en mi sueño. Tan
solo el desasosiego y las ganas de querer saber más de ti y de tus ojos.
Soñé
que me estaba quemando en el infierno. Pero no se trataba de un infierno
religioso, sino de un mundo donde todo eran escombros y la gente huía
despavorida, intentando salvar inútilmente sus vidas. El fuego lo ocultaba todo
a su alrededor y te eché de menos. Eché de menos tus miradas gélidas para poder
aplacar con tempestad todas aquellas llamas que lo envolvían todo a su paso.
Pero no te veía por ninguna esquina, por ninguna tienda destrozada, por ningún
coche… y no sentía el latido de tu corazón como solía sentir en los sueños en
los que estaba contigo.
Desperté
entre temblores, con miedo a continuar soñando y no encontrarte. Me senté sobre
la cama con la frente perlada de sudor y con la respiración entrecortada.
Decidí, entonces, que no podría intentar buscarte en mis sueños por mi propia
voluntad, que tendría que esperar hasta la noche. Pero… ¿podría esperar?
Conseguí
mantenerme lejos de mi cama y lejos del sueño. Sin embargo, no pude deshacerme
de la necesidad de irme a dormir temprano, aún con el desamparo del sueño de
por la tarde. En ese punto del día, poco importaba. Solo quería verte de nuevo.
Y
encontré tu rostro entre las ramas de unos árboles bajos, en un bosque rodeado
de lucecillas que bailaban y destellaban entre los dos. Y entonces los árboles
desaparecieron y quedamos suspendidos entre una neblina que se disipó,
dejándonos a escasos centímetros el uno del otro, sobre unos jardines acosados
de flores discordantes.
Acercaste
tus labios a los míos y nos fundimos en un beso tan caluroso como el sol que se
acababa de asomar entre unas pequeñas nubes, en un cielo violáceo. Separaste tu
rostro y me miraste a los ojos, abrazándome con una sonrisa tan dulce que pensé
que me derretiría. Y entonces, por primera vez desde que soñaba contigo, me
hablaste, y tu voz hacía honor a toda tu belleza:
—Hola,
Hyoga —dijiste, en apenas un susurro, y mis manos comenzaron a temblar.
—Hola, Shun —te respondí como si
te conociera desde hacía tiempo, pero en realidad, y hasta ese momento, jamás
había sabido tu nombre.
Agrandaste tu sonrisa y
desviaste la mirada con las mejillas rojas. Reuní valor y te hice levantar los
ojos hacia mí de nuevo, pero ya no sonreías. Me contemplabas con admiración,
como si yo mismo fuese un dios o algo parecido. Y reconozco que yo te miraba
igual, porque para mí eras lo que más quería en mi vida, aunque solo pudiera
sostenerte en mis sueños.
Pero te esfumaste. Te fuiste de
mi sueño tan rápido como habías llegado, y yo me desperté entre un amasijo de
sábanas, con las lágrimas resbalando hacia la almohada y mis manos agarrando el
espacio donde antes habías estado tú.
Le supliqué a cualquiera que
pudiera escucharme que me devolviera dentro de mi cabeza, donde solo tú tenías
cabida, pero nadie me respondió. Escuché la voz de mi padre desde la cocina,
gritando furioso que me levantase o si no llegaría tarde a clase, pero yo no
quería ir. Quería permanecer en la cama con tu recuerdo. Aferrarme a las
desordenadas sábanas y no soltarlas nunca con la esperanza de que tú
aparecerías entre ellas en cualquier momento. Y sabía que eso no iba a suceder.
Sucedió que durante una semana
lo único que soñaba era que tú te esfumabas con lágrimas en tus ojos verdes, y
yo estiraba el brazo todo lo que podía para intentar impedirlo sin remedio. Y
los últimos días ni siquiera podía vislumbrar tu rostro en la oscuridad de mis
sueños. Era como si hilos invisibles tirasen de ti y de mí hacia lados
opuestos, y yo estaba tan desesperado que amanecía todos los días deseando
volver a dormir para recuperarte y traerte conmigo a la realidad. Aun sabiendo
que eso era imposible.
Desistí. Desistí porque todas
las noches me pasaba lo mismo y quería tratar de olvidarte para dejar de
sufrir. Incluso empecé a hacerle caso a esa chica de mi clase que estaba
enamorada de mí, con la esperanza de poder escapar de tu recuerdo. Por dentro,
igualmente, tenía desgarrado el corazón.
—Si
no quieres estar conmigo, dímelo —me dijo un día, enfadada, y yo no tuve ni el
valor ni las ganas de contestarle, porque sabía que todo era una tapadera—.
Olvídame —terminó, y yo estuve a punto de responder que a quien quería olvidar
era a ti.
Y mis intentos fueron en vano.
Tú dejaste de aparecerte en mis sueños pero en mi lucidez estabas siempre presente,
y no tenía ni la menor idea de cómo borrarte de mi memoria dejando las menores
secuelas posibles.
Y aunque parezca imposible, poco
a poco me fui olvidando de ti. Poco a poco, muy poco a poco… tal vez pasó un
año cuando lo conseguí… Habías dejado de aparecerte en mis sueños y mis sueños
habían dejado de ser oscuros. Y, de repente, dejé de pensarte, de imaginarte,
de recordar cómo te acariciaba la mejilla y cómo te besaba en los labios.
Pero yo ya era, por aquel
entonces, un experto en los malos acontecimientos. Y una noche como otra
cualquiera, después de haber estado con la que era mi novia, la misma que me
había pedido que me olvidase de ella, me tumbé sobre la cama y me puse a
escuchar música melancólica. Y no pensaba en ti. Ni en ella. No pensaba en nada
en absoluto, sino que me limitaba a canturrear la letra y la melodía de cada
canción como si no hubiese nada más importante en el mundo.
Y entonces me dormí. Me dormí y
aparecí en un hermoso jardín que, extrañamente, me recordaba a un lugar en el
que yo ya había estado, no sabía ni cuándo ni por qué, pero lo sabía, lo
percibía.
Caminé unos pasos titubeantes
por la fina hierba y la brisa me meció el cabello rubio con sus suaves
susurros. Me dejé llevar por la música del sueño, olvidando la que sonaba a
través de los auriculares en mi habitación.
Parecía que el jardín estaba
girando sobre sí mismo. Comenzaron a aparecer árboles alrededor que no tardaron
en cortarme todos los caminos. Di varios pasos en todas direcciones, pero
estaba completamente cercado y no supe qué hacer. Miré hacia arriba con la
esperanza de encontrar una vía de salida de ese claro del bosque, pero lo único
que me encontré fue con el pálido brillo de una luna que abarcaba casi todo el
cielo estrellado.
Cerré los ojos con angustia y me
dejé caer sobre la hierba oscurecida. Estaba húmeda, como mis ojos. Sin
embargo, no estaba triste. Tenía el presentimiento de que alguien me estaba
observando desde algún lugar y, temeroso, volví a alzar la mirada hacia la
enorme luna.
Y mi corazón palideció junto con
su luz. Y mis oídos se llenaron de tu cálida voz, que pronunciaba mi nombre
como una lejana melodía que lo envolvía todo a su paso, aterciopelada y suave. Vislumbré
tus ojos sobre la superficie del astro. Vislumbré el brillo de tu cabello y el
color de tu piel. Vislumbré tu sonrisa desde allí arriba, y sentí que volaba
hacia ti, pero mis pies no se despegaron del suelo.
Traté por todos los medios de
desplegar unas alas que nunca tuve para acudir a tu llamada, pues tu voz sonaba
cada vez con más fuera en mi cabeza, pero ni un rastro de plumas se asomó en mi
espalda, y no sentí nada que me desgarrara la piel. Sin embargo, mi corazón se
estaba desgarrando por no poder alcanzarte.
Vi una brecha entre los árboles
de en frente. Me acerqué hasta ellos y, con las manos temblando, me abrí camino
por entre sus ramas bajas, que me arañaban la piel a cada paso que daba. Pero
no me importaba. No me importaba porque tenía la sensación de que al final de
todo aquel dolor podría abrazarte de nuevo. Y continué, con las manos y brazos
ensangrentados, mientras, además, otras de las ramas se aferraban a mi pelo y
me latigaban el rostro.
El sendero que se abría paso
entre los árboles se fue transformando hasta que los troncos formaron un sólido
túnel que no dejaba pasar ni un mísero rayo de luna. Y ya no era capaz de
escuchar tu voz en mi cabeza ni de imaginar tus ojos verdes observándome y
esperándome desde lo alto. Pero seguí avanzando. Seguí avanzando porque sabía
que te encontraría al final del túnel.
Aunque no fue así. Lo que
encontré al salir de aquel lugar fue algo que hubiera dejado sin aliento hasta
al más escéptico de los hombres.
Una bruma cubría el suelo bajo
mis pies. El cielo tenía un tono azul, pero tan oscuro que parecía negro, y en
vez de las estrellas normales y corrientes, había puntos luminosos clavados en
el firmamento de los cuales colgaban filamentos destellantes que terminaban en
pequeñas figuras como esferas o pirámides. Había, también, algunos con la forma
microscópica de los copos de nieve.
Paseé por entre esas maravillas,
rozando cada filamento con las yemas de los dedos. Estaban fríos como el hielo,
y cada vez que tocaba uno, emitía un lejano ruido metálico y destellaba con más
fuerza durante casi un segundo.
Y cada vez que paseaba la mirada
más allá de los filamentos, me encontraba con un bosque de destellos plateados,
interminable y silencioso, que me atraía hacia su interior sin remedio, como si
quisiera atraparme entre sus tentáculos y no dejarme escapar nunca más. Pero yo
sabía que debía continuar. Sabía que no podía perderme en aquel bosque de plata
que tan ferozmente me pedía quedarme en él.
Mi prioridad era encontrarte.
Encontrarte y mecerte entre mis brazos. Besar tus labios como había hecho en
mis sueños. Desearte la felicidad eterna. Desearte para mí. Que me deseases
para ti. Coger tus manos y estrecharlas entre las mías. Mirarte a los ojos y
perderme en ellos para siempre, sin preocuparme ya por despertar.
Y mi corazón rugió con fuerza
cuando encontré una estrella mucho más grande que las demás en el cielo. Y
corrí hacia ella con la sensación de que me esperabas allí. Y así fue: me
observabas con las manos unidas en tu regazo, con la sonrisa de siempre y los
ojos de siempre. Pero… no tenía manera de llegar. Ni un solo filamento colgaba
de la luna, por más que miré, y el astro reina estaba mucho más alejado del
suelo que las estrellas, y por mucho que alzara mi mano para poder rozarte, no
era capaz de sentir nada que no fuera el aire de alrededor de mis dedos.
Y lloré. Lloré sin poder
evitarlo, porque te tenía tan cerca que me parecía imposible concebir que el
camino se hubiera terminado. Y me dejé caer sobre mis rodillas en el suelo
brumoso, hundiendo mi rostro entre las manos, sollozando como si hubiera
perdido toda una vida.
Le regalé a mis mejillas una
lágrima por cada sueño en el que me había perdido en tus ojos. Desee con todo
mi ser que esas alas que antes no habían acudido a mí se presentaran en esa
ocasión. Recé para que al abrir los ojos me encontrase a tu lado por fin. Pero
nada de eso pasó.
Sin embargo, sentí como si algo
bailase en torno a mí. Como si miles de luces diesen vueltas a mi cuerpo,
esperando una orden que saliese de mis labios. Aguardando una respuesta a sus
preguntas. Y abrí los ojos y las vi: las estrellas del cielo habían bajado para
reunirse conmigo y se movían entrelazando los filamentos que colgaban de ellas,
en una danza de destellos cegadores y hermosos.
Estiré una mano para rozar los
filamentos y se me estremeció todo el brazo. Entonces, estiré el otro, y se me
estremeció el cuerpo completo cuando unos cuantos vinieron a acariciar mi piel.
Y sonreí aún con las lágrimas resbalando por mis mejillas y cayendo entre la
bruma. No sabía por qué, pero acababa de hallar una felicidad que no sabía ni
de dónde procedía. Solo sabía que estaba ahí, y que me daba fuerzas para pensar
que podría continuar hasta llegar a tu vera.
Moví con suavidad los brazos
hacia uno y otro lado. Movía, también, los dedos, con la misma lentitud, como
hechizado por la luz de esas estrellas. Y en mi cabeza se dibujó la figura de
una barca creada a partir de los pequeños filamentos. Y mis ojos vislumbraron
cómo estos filamentos se unían entre sí para formar lo que mi mente imaginaba,
al compás de los movimientos de mis manos, tranquilos, suaves, etéreos.
—Necesito un lugar en esa luna,
a su lado —les susurré, y ellos asintieron a su forma, sin dejar de
entrelazarse.
Cerré los ojos para dejarme
llevar por el roce, y cuando los abrí, apareció ante mí la barca que deseaba.
Me levanté y pasé las manos por los filamentos brillantes que la componían.
Eran suaves, y destellaban con cada roce, como hacían cuando colgaban desde las
estrellas en el cielo. Entre ellos, también se veían las figurillas de los
extremos, que hacían de agarraderas para que no se deshiciera.
Titubeé. Nunca, ni en mis más
profundos sueños había visto nada igual, y dudé en subirme a ella, como si
fuera un sueño dentro del sueño, como si se fuera a desvanecer una vez empezara
a navegar hasta la luna. Pero, entonces, la barca destelló, impaciente, y con
uno de los filamentos me atrajo hacia ella, haciéndome montar y tumbándome
hasta que mis ojos solo observaban el cielo con la luna. Y contigo.
Y dejé que la barca me acercara
poco a poco a ti. Y sentí la luz de la luna cada vez más cerca, y el destello
de los filamentos y las estrellas de las que colgaban en mis laterales y bajo
mi cuerpo. Y la leve mecida al surcar el cielo oscuro. Y el susurro de tus
palabras en mi mente. Y cuando llegué, me sentí el hombre más feliz del mundo,
tanto del real como del de hecho de sueños.
Los filamentos de la barca se
deshicieron y bajaron de nuevo a sus posiciones iniciales, pendiendo de las
estrellas. Y me quedé de pie sobre la superficie de la luna observándote sin
dar crédito a nada de lo que estaba sucediendo, con una extraña felicidad sobre
mis hombros. Tú también me mirabas, a unos diez metros de distancia, con el
rostro entre las sombras. Entonces, me fijé que tus mejillas destellaban como las
estrellas, y unos pasos torpes me fueron acercando hasta ti.
Extendí los brazos y te abracé
como si fueras un fantasma a punto de esconderse de la realidad. Y me
respondiste al abrazo con calidez. Y te hice alzar los ojos para mirarlos otra
vez, pues los echaba tanto de menos… pero seguían siendo verdes, tan verdes
como en todas las ocasiones. Y tus labios continuaban vivos, y llamaban a los
míos sin decir nada.
—Te echaba de menos —susurraste,
y me quedé sin pálpito en el corazón—. Pensé que no volverías nunca a tus
sueños.
—Yo pensé que nunca más volvería
a soñar contigo, Shun —te dije con un hilo de voz.
—Siempre he estado en tus sueños
—sonreíste—. Siempre he estado en lo más profundo de tu corazón —desviaste la
mirada hacia un lado, y me fijé que te habías sonrojado.
—He venido hasta lo más profundo
de mi corazón para encontrarte. Y ahora que lo he hecho, no pienso dejarte más.
—Quieres decir… ¿que te quedarás
conmigo aquí, dentro de tu sueño? —Asentí con firmeza, pero me devolviste una
mirada triste—. Pero Hyoga… yo soy tu sueño, no puedes… quedarte conmigo.
—Nada hay para mí en la realidad
—dije con aflicción—. Y no necesito nada más que a ti.
Tus emociones se manifestaron
dentro de mi mente, nítidas. Y aunque tus ojos lloraban y tus susurros no me
permitían quedarme, tus pensamientos me rogaban a gritos que no cesase ese
abrazo.
Y no lo hice. No lo hice porque
sabía que no queríamos perdernos otra vez. Porque si despertaba no volvería a
soñar nunca más con tus besos, ni con tus abrazos, ni con tus caricias…
Y nos quedamos así, fundidos en un
abrazo que nada ni nadie podría romper. Entrelazados en un solo corazón y con
una misma alma. Y cerré los ojos, otra vez, para sentirte lo más cerca de mí
posible, y al volver a abrirlos, descubrí, con alegría, y desconociendo su
significado, que todas las estrellas nos rodeaban emitiendo destellos con forma
de lágrima que descendían por los filamentos hasta llegar a la superficie de la
luna.
Y como si hubieran separado mi
mente de mi cuerpo, me fui alejando del abrazo, pero sin dejar de observarlo,
al mismo tiempo que contemplaba nuestros cuerpos emitiendo la misma luz que las
estrellas de nuestro alrededor, que nos envolvían. Y vi cómo cada uno de
nosotros transformaba su piel en diminutos filamentos que se unían entre sí
para formar el filamento completo, hasta que no quedaron más que dos hilos
luminosos que se entrelazaban el uno con el otro sin querer separarse. Y una
sola estrella adornaba sus cúspides. Y una sola figurita terminaba en ellos.
Y una vez no desperté nunca de un
sueño. Y una vez no desperté, y lo único que necesité para vivir fueron tus
ojos.domingo, 15 de noviembre de 2015
Guerra es sinónimo de muerte
Solo sé que la guerra es sinónimo
de muerte.
No
sé cómo se organizan los cargos en el ejército, ni entiendo por qué a día de
hoy sigue siendo necesario, porque para mí la guerra es algo que debimos dejar
muy atrás en el pasado, pero no sé el porqué de su perseverancia.
Tampoco
comprendo por qué mueren acribilladas personas inocentes, ni entiendo por qué habrían
de huir de sus casas. No sé cómo puede haber motivos detrás de sus muertes, pues
sus rostros no manifiestan ningún deseo de morir.
Es
incomprensible, para mí, que personas armadas campen por las ciudades, ya en
ruinas, destrozando la historia de cada una de ellas. Reduciendo a escombros
todo lo que una vez fue una maravilla, cubriéndolo todo de polvo, sepultándolo
bajo la sangre de los que un día quedaban sin aliento al contemplarlo.
Quizá
se deba al ansia de algunos por tener el poder absoluto sobre el mundo, de
recuperar aquello que dicen que una vez fue suyo. Pero, si en algún momento
consiguen su objetivo, ¿qué pueden hacer? No lo sé. Tal vez vivir en paz sobre
la muerte que sembraron para lograrlo. ¿De qué les servirá ser los amos del mundo
cuando no les quede mundo que gobernar?
Y
no sé por qué, con la única satisfacción de conseguir bienes materiales, se les
proporcionan recursos para que continúen la masacre, recapacitando después
sobre sus actos, o, más bien, preocupándose porque en algún momento les
persigan con las armas que ellos mismos les dieron. ¿Acaso tiene el dinero más
valor que la vida?
Ni
entiendo, tampoco, a aquellos que toman las armas contra las armas, sabiendo
que son dueños de un poder mucho mayor que los que tratan de sembrar el miedo.
Masacre por masacre, ¿no es así? Tal vez piensen que los actos de violencia se
apacigüen con la muerte de quien los propagan. ¿Por qué convertirse en el
asesino al que temes?
Pero
muchos, a veces, no encuentran otra alternativa. No entiendo por qué se nos es
tan propenso pensar que el problema hay que cortarlo de raíz, que es mejor
eliminar todo aquello que lo causa, pero entonces, ¿seríamos personas sin
corazón? ¿Toda una lucha por la paz para que, después, seamos nosotros los que
la violemos?
No
lo entiendo. No entiendo por qué no estamos creando tecnología que beneficie a
la Humanidad, en vez de tecnología para destruirnos entre nosotros. ¿Por qué no
progresar? ¿Por qué viajar en el tiempo? ¿Por qué no reunirnos por una causa
común, para la vida y la felicidad? La muerte solo trae muerte, solo trae
tristeza, acarrea oscuridad. Son problemas sin soluciones. Son soluciones que
traen más problemas. Pero continuamos empeñados en que esa sea nuestra
naturaleza, nuestra razón de ser: apoderarnos del máximo poder que podamos para
usarlo contra aquellos que no piensan como nosotros.
Porque
las opiniones diferentes a la nuestra merecen la muerte, merecen desaparecer.
Tal vez ese sea el único interés de las personas que comenzaron esto, y de las
que, ilusas, prosiguen con la estampa, creyendo que de verdad pueden ganar algo
con ello. Imaginando cómo un mundo les espera solo a ellos, un mundo que seguramente
conciban como el paraíso. Un mundo rodeado de devastación.
Tampoco
comprendo cómo no nos percatamos de lo corta que es nuestra vida para
malgastarla de esta manera. ¿Cómo es posible que alguien mire hacia el cielo y
no vea más que azul, sin sentirse inmensamente insignificante? ¿Cómo es posible
que no se sienta cohibido por tan vasta superficie que ni nos conoce ni la
conocemos nosotros a ella? Y ella es, a fin de cuentas, la dueña de todo lo que
nos rodea.
Si
alguien quisiera hacerse el amo del mundo, debería pensar antes todas estas
cosas. No lo sé, quizás esté equivocada, pero, ¿puede albergar felicidad en su
corta vida una persona rodeada de terror? Y cuando muera, ¿qué? ¿De qué habrá
servido todo? ¿Para qué tantas muertes defendiendo sus creencias? Creencias
que, en muchos casos, son infundidas por el miedo, ¿o no? No lo sé, tal vez
haya gente en el mundo que opine que matar es el único camino de lograr lo que
quiere. Y esa posibilidad, me oprime con fuerza el corazón.
Yo no entiendo
mucho de la guerra, ni me gustaría tener que llegar a entenderla. Solo sé que
trae tristeza con ella, muerte de inocentes que solo quieren alcanzar la
felicidad que se les es vetada y hombres y mujeres forzados a huir de lo que
una vez consideraron su hogar.
No sé mucho,
ni lo querré saber. Lo único que sé con firmeza es que guerra es sinónimo de
muerte.
martes, 11 de agosto de 2015
Que llegue el anochecer
Compartí contigo
un triste despertar
cuando el sol del
amanecer era cálido como tu piel
y las olas del
mar suaves como tu mirar.
Sabía que te ibas
aunque no lo quería admitir
pensaba que cada
día me podría divertir.
Eras todo lo que
quería
en un mar de
sufrimiento.
Eras un rayo de
esperanza entre la oscuridad
pero ahora solo
es la oscuridad
lo que perdura
perpetua,
eternamente.
Te deseaba todos
los días
y todos los días
te deseé.
Al acariciar tus
labios y observar tus ojos esmeraldas
capté en un
instante el significado del amor.
Con tu mano en la
mía y tu boca en mi cabello rubio
esbocé los trazos
de un futuro
que solo conocía
felicidad
pero cuando aquel
aciago despertar llegó
todo lo que quedó
fue esa oscuridad.
El reflejo de tus
ojos en el mar
y la mirada ciega
entre las aguas,
el amanecer,
continuo, estático,
ahora siempre
acompañándome.
Nunca viene el
atardecer a quitarme
mis últimos
suspiros.
Sé que el final
llegará con el anochecer,
pero no quiero
separarme de tu recuerdo
que permanece en
el rojo amanecer.
Tus caricias son
de plata como la luna que se fue
cuando aún
quedaba esperanza en mi interior
y la noche de mis
espaldas
mi ilusión no apresó.
Sé que el tiempo
podría curar
mi corazón
malherido
pero lo que no
quiero es esperar
a que mis
recuerdos caigan en el olvido.
Si tan solo
pudiera verte
por unos segundos
más
y recordar tu
belleza
en este mar de
tristeza
que no me deja
respirar.
Pero el destino
quiso que así sea
y tú partiste sin
apenas decirme adiós.
Y me quedé
paralizado frente al mar
tratando de
encontrar
entre todas las
estrellas
el rostro que una
vez tanto llegué a amar.
Se me congela el
corazón
cuando las nubes
se acumulan
y no me dejan
buscarte
y no hay luz que
me rescate
de la más
profunda desesperación.
Yo solo quería
ser feliz a tu lado
y por un tiempo
lo fui,
mas no duró hasta
la eternidad
como esas
personas suelen decir.
Y aquí estoy, en
la orilla
viendo ir y venir
las olas
con las que hace
poco jugábamos
cogidos de la
mano
sin presiones ni
ataduras.
Solos tú y yo.
Y amanece otra
vez
como muchos otros
días,
solo que esta vez
tú no estás
y no quiero
acostumbrarme a tu ausencia.
Vivo por ti
y por ti viviré
no sé si en este
mundo o en el siguiente
no sé si lo
llegaré a saber.
Y sin querer el
cielo cambia de color
y con las manos
temblorosas
veo como se apaga
el sol.
Primero se vuelve
naranja,
luego va viniendo
la oscuridad,
esa misma que
apresa mi corazón
por no poderte
volver a contemplar.
Y poco a poco
salen las estrellas
pero estas no son
las del amanecer.
Salen estrellas
brillantes
que mis ojos no
quieren ver.
y entre ellas te
vislumbro
y susurro tu
nombre con un hilo de voz.
Quiero que me
lleven con ellas
pero el miedo me
apresa el corazón.
Me llamas con la
mano extendida
y alargo la mía
para rozarte la piel.
Mis ojos se
llenan de lágrimas
y me muero al
volverte a ver.
El anochecer
llegó por fin
y con una sonrisa
tiras de mí.
Abrazados entre
las estrellas
con el mar bajo
nuestros pies,
con sonrisas
compartidas
esas que tanto
añoré
y con las manos
entrelazadas
te saludo otra
vez
y te prometo, mi
amor
que nunca más te
dejaré de querer.domingo, 9 de agosto de 2015
Alma danzante de luna
Entre los rayos de la luna la escuchaba cantar, alegre, con las manos
danzarinas en su regazo, mientras movía los labios de esa forma tan
tranquilizante, tan dulce, como una muñeca intocable, de coleccionista. Con el
cabello cayéndole sobre los hombros como bucles castaños y brillantes.
Cantaba sobre
historias de tiempos remotos, según decía, aunque yo sabía que sus palabras
eran pura imaginación. Cuentos de hadas, tal vez, o sueños de su infancia. Tal
vez pesadillas. Pero ella se las creía, las vivía intensamente, como una niña
pequeña dibujando en un trozo de papel. Sus ojos se iluminaban, parpadeaba
varias veces y se dejaba consumir por el entorno. No parecía vivir en nuestro
mismo mundo, sino que tenía la mirada tan perdida como un lejano planeta al
otro lado del universo.
Solía decir que
ella misma era un cuento, una fantasía, una alucinación... que mirarla era como
traspasar varios espejos de diferentes reflejos, vivir mil aventuras sin
necesidad de cerrar los ojos. Se sentía, además, deseada, pero nunca supe el
significado que le quiso dar a esa palabra, y tampoco tuve el valor de
preguntarle. Si ella no me lo decía, era por algo, por lo que fuera. Igual no
tenía mucha más importancia. Sin embargo, más de dos noches mi cabeza dio
vueltas intentando descifrar lo que sus palabras ocultaban, sin conseguir más
que me invadiera el sueño y caer dormido, y soñar con ella, con sus cuentos,
con su imaginación, con sus labios...
También decía que
era libre como un ave, que ninguna jaula podía retenerla ni siquiera unos
segundos. Y cada vez que me decía ésto me invadía la extrañeza, pues siempre la
veía sentada en el mismo banco de piedra frente a la misma fuente bajo la misma
luz de luna. Tampoco le pregunté, pues igual ella no se refería a la libertad que
entiendo yo, aunque me hubiera gustado saber realmente lo que significaban sus
expresiones, sus frases cargadas de palabras que parecían no tener ningún
sentido.
Aún así la quería,
por muy lejana que la sintiese, aún por todas las veces que me golpearon la
cabeza con mares de dudas. Ella estaba allí, haciendo algo que nunca
comprendería. Compartiendo viejos cánticos que nunca supe si eran suyos de
verdad o los había escuchado alguna vez hacía mucho tiempo.
viernes, 31 de julio de 2015
Noche y amanecer
El
aciago amanecer llegó a los campos de Pelennor con la oscuridad de Mordor
rozando la ciudad blanca y llenando los corazones esperanzados de nuevo con
desdicha.
La batalla por la liberación del
asedio había sido costosa y los heridos habían requerido de los poderes
curativos de Aragorn para sanarse, proclamándose así como el rey que retorna a
su trono, tan ampliamente deseado por los ciudadanos.
Y aquella noche, antes del amanecer,
habían dormido juntos en una tienda de campaña rodeada por el resto de los
valientes que habían acudido de todo Gondor para luchar por la causa justa que
era la paz para los pueblos de los humanos. Aunque sabían que aquello no era
más que el principio de algo de lo que no veían un final despejado. Gandalf
había convocado a sus allegados para discutir qué paso tomar después de esa
pequeña victoria, teniendo en cuenta no las esperanzas de los hombres, sino la
esperanza de dos hobbits encaminados hacia Mordor.
Pero en ese momento no pensaban en
ello. Sumidos en un abrazo soñador, Elrohir y Elladan descansaban las heridas
de la batalla con los ojos cerrados, notando ya los resquicios de la larga
noche que habían pasado juntos. Sin embargo, llevaban despiertos antes de que
llegara el amanecer, pero no habían intercambiado ni miradas ni palabras, solo
roces y caricias en el cabello oscuro, implorando por no tener que abandonar la
tienda nunca más. Pero también eso sabían que era un sueño hecho jirones.
—Deberíamos
levantarnos ya —dijo Elladan por fin—. Es cruel la mañana pero siento que la
esperanza no está perdida.
—Las batallas
nunca mueren, y ojalá no murieran quienes las libran —le respondió él—. Quiero
y no quiero levantarme, Elladan. Estar a tu lado me da motivos por los que
luchar, más de los que me da destruir el Anillo y a Sauron. Saber que si lucho
lucharás tú a mi lado.
—Nunca diré lo
contrario —sonrió y le acarició una mejilla con suavidad.
Y no era la
primera vez de ese día en que se dedicaban dichas palabras. Al caer la noche,
agotados por la inminente batalla, habían caído de nuevo sobre las sábanas, el
uno sobre el otro, mirándose a los ojos y bendiciendo que ambos continuasen con
vida para seguir viéndose por un poco de más tiempo. Desde que hubieron
marchado a la causa de Aragorn, no habían conocido apenas la intimidad de la
que ya tan acostumbrados estaban. Como decía el heredero de Isildur, el amor de
dos hermanos era incomparable. Y así era, en verdad, el amor que unía a ambos
peredhil, pero había dicho una vez Elrohir es
incluso más que eso.
—La decisión de
Estel nos llevará de nuevo a combatir —dijo Elladan.
—Hacía mucho
tiempo que no te oía nombrar ese nombre —sonrió abstraído.
—¿Qué te ocurre?
—Mi mente me ha
llevado por senderos que pocas veces quiero recorrer —le miró a los ojos con
pena—. Partir a Mithlond cuando esta macabra obra termine.
—No hace mucho
pensé yo lo mismo —desvió la mirada también apenado—. Pero es temprano para
pensar en ello. Ahora mismo solo me importas tú y el interior de esta tienda, y
la posible aparición de las estrellas por las noches, y los rayos de sol que
brindan esperanzas y amor.
—Creo que
podremos ser libres de obrar junto a los Valar —susurró—. Ellos comprenderán
nuestro corazón.
—Padre lo sabe
—dijo Elrohir con seriedad—. Lo insinuó antes de la partida desde Imladris,
pero yo no fui capaz a responderle.
—¿Cómo te miró?
—No lo sé, yo le
daba la espalda. Solo me dijo esas palabras: sé que amas a tu hermano, pero en su tono de voz decía más allá del amor familiar.
Elladan acarició
la piel desnuda de Elladan bajo la sábana hasta llegar a su cintura, y recordó
cómo esa misma cintura había estado entre sus manos hacía apenas unas horas
antes del amanecer. Los recuerdos de la pasión desatada en la tienda, de los
gemidos salpicados de esperanza y de las manos piadosas que entrelazaban los
dedos en el suelo y se sujetaban recíprocamente para complacer al otro.
Elrohir recordó
el sabor de la piel de su hermano y sus ojos mirándole con éxtasis y sin
pudores que soportar. El intercambio de miradas había sido tan cálido que casi
había parecido que se encontraban en Rivendel y no en la fría noche de Gondor
aguardando la caída de la oscuridad de nuevo sobre ellos. Pero lo único que
llegó a caer fue el deseo y el ansia de poseerse mutuamente, como hacía tanto
tiempo que no se poseían. Y los besos apresurados eran como miel en sus labios
al compás de las manos pícaras que no dejaban de hacer su recorrido y al
compás, también, de las subidas y bajadas de las caderas de Elrohir, quien no
dejaba de recordar mientras se perdía en los ojos de Elladan.
—Padre lo
entenderá —insistió Elladan otra vez, siempre con la mirada en la de su hermano
y la mano acariciándole la piel—. Nada nos ha separado nunca y nada nos
separará de aquí en adelante, así un mal destino nos ataña, cuando cierre mis
ojos para siempre, aún en ese momento, solo tendré oscuridad para vislumbrarte
a ti.
Elrohir quiso
dedicarle una respuesta digna de sus palabras, pero los labios de Elladan
oprimieron los suyos con suavidad. La intensidad se fue apoderando del beso y
pensaron que yacerían juntos otra vez, pero los pasos apresurados de alguien
afuera les obligó a deshacer el contacto y el deseo se marchitó en cuestión de
segundos.
Aragorn asomó la
cabeza por la lona de la tienda, y al percibir la cercanía de los dos cuerpos,
distrajo sus ojos con el bullicio de las gentes que se acababan de despertar y
les dijo con voz ronca:
—Marchamos en
unas horas. Lo siento —añadió al final, y volvió a dejarles a solas.
Elladan y Elrohir
recogieron sus ropas y olvidaron por largos minutos que sus almas estaban
entrelazadas de una manera especial que iba más allá del cariño entre hermanos.
Pero antes, antes justo de salir de aquel lugar en el que se habían vuelto a
amar, un beso, tal vez de despedida, les hizo demorarse al encuentro. Pero no
les importó.
Recordaron como
esa noche habían compartido más que palabras y sus mentes evocaron el distante sueño
de verse subidos en un barco que zarpara de los Puertos Grises, y verse
envueltos por un manto de felicidad, sin más batallas de las que preocuparse,
solo ellos. Elladan y Elhorir.
—No mueras,
hermano —le dijo Elladan.
—No mueras,
Elladan.
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